VALENTINA
Bajé las escaleras del edificio Verdi como si el infierno mismo me pisara los talones. Cada escalón resonaba con el eco de su voz, de su aliento en mi piel, de ese beso fallido que había quemado más que cualquier llamarada. El aire frío del pasillo me golpeó al salir, pero no logró limpiar la sensación de su contacto, la humedad de su labio en mi mejilla.
Sor Clara estaba donde la había dejado, rezando el rosario con una intensidad nerviosa. Al verme salir sola, con el rostro seguramente desencajado y la respiración entrecortada, sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Valentina? ¿Qué…?
—Tenemos que irnos. Ahora —corté, sin aliento, agarrándola del brazo con más fuerza de la que pretendía.
Ella no discutió. Algo en mi tono, en el temblor que no podía controlar, debió de advertirle del peligro. Me siguió, sus pasos rápidos intentando igualar los míos, que eran casi una carrera. Cruzamos la plaza desierta, doblamos por una callejuela. No miré atrás. Tenía la espalda erizada, con