VALENTINA
Bajé las escaleras del edificio Verdi como si el infierno mismo me pisara los talones. Cada escalón resonaba con el eco de su voz, de su aliento en mi piel, de ese beso fallido que había quemado más que cualquier llamarada. El aire frío del pasillo me golpeó al salir, pero no logró limpiar la sensación de su contacto, la humedad de su labio en mi mejilla.
Sor Clara estaba donde la había dejado, rezando el rosario con una intensidad nerviosa. Al verme salir sola, con el rostro segurame