VALENTINA
Han pasado seis meses.
Seis meses en los que aprendí a medir el tiempo en viernes, en miradas esquivas, en silencios que pesan más que las palabras. Seis meses desde la última vez que lo tuve tan cerca como para sentir su respiración mezclarse con la mía. Y, aun así, nunca se fue del todo. Siguió golpeando mi corazón desde la distancia, debilitando mis convicciones, erosionando mi fe con una paciencia peligrosa.
A veces aparece en misa, discreto, impecable. Deja limosnas que pesan más que las monedas comunes: billetes gruesos, doblados con una precisión casi ritual, como si incluso su caridad obedeciera a reglas propias. Madre Agnese lo observa con la dureza de quien reconoce al enemigo sin necesidad de pruebas.
—Ese hombre no trae paz —susurra—. Trae tentación. Y la tentación siempre cobra intereses. Es un mafioso. Lo que no entiendo es qué hace aquí… ¿por qué nos vigila desde hace meses?
—¿Nos vigila? —pregunto, forzando una inocencia que no siento.
Madre Agnese aprieta lo