Mundo ficciónIniciar sesiónEn la Nápoles más oscura, Valentina protege un orfanato con fe y sacrificio… hasta que Dorian, el temido Fantasma de la Mafia, la acorrala con una amenaza definitiva: todo será destruido. La única salvación exige un pacto prohibido, uno que enfrenta su pureza con el deseo y su fe con la tentación. Para salvar a los niños, Valentina deberá entregarse a un trato que puede condenarla o redimirla, en un juego peligroso donde la inocencia y el pecado se rozan demasiado cerca.
Leer másVALENTINA
La tormenta cae sobre Nápoles como un juicio antiguo. Los relámpagos rasgan el cielo y, por un segundo, iluminan los callejones empapados de secretos, de sangre y de pecados que nadie confiesa. El trueno sacude los muros de la iglesia y hace vibrar los vitrales. Yo permanezco de rodillas, con las manos juntas, repitiendo oraciones que esta noche no consiguen calmarme.
Entonces la puerta se abre de golpe.
El estruendo de un cuerpo al caer sobre la piedra rompe el silencio sagrado. El sonido resuena por la nave vacía como una blasfemia. Alzo la cabeza con el corazón detenido en el pecho.
Lo veo. Un hombre yace en el suelo, empapado de sangre, la camisa abierta, la respiración rota. Sus labios están pálidos, pero sus ojos… sus ojos me atraviesan. Cuando nuestras miradas se cruzan, algo dentro de mí se estremece, como si una cuerda invisible hubiera sido tensada de repente.
No es solo miedo lo que siento. Es algo más peligroso, algo que no sé nombrar.
Me acerco despacio, levantando la vela. La luz revela un rostro duro, marcado, pero no cruel. Hay fuerza en él, una fuerza oscura, indomable. Y, al mismo tiempo, una dulzura inesperada, casi dolorosa, como si estuviera acostumbrado a no ser visto.
—¡Dios bendito! Estás herido —susurro, arrodillándome junto a él.
—No tienes que ayudarme —responde con una voz áspera y profunda, cargada de cansancio.
—Aquí nadie se queda sin misericordia —contesto, sorprendida por la firmeza de mis propias palabras.
Me inclino hacia él.
—Déjame ayudarte.
Paso su brazo por encima de mis hombros y lo ayudo a incorporarse.
—¿Por qué eres tan necia? —gruñe.
—Porque soy sierva de Dios —respondo, mientras su peso cae sobre mí—. Y debo proteger a todos los que buscan refugio en su santuario.
Es pesado. Fuerte. Su cuerpo tiembla, pero no cede.
—Entré por error a este maldito lugar.
—Aunque maldigas esta casa, estás a salvo dentro —le digo—. Aquí Dios solo ofrece misericordia.
—Si vuelves a pronunciar su nombre, juro que te mataré —murmura con dificultad, mientras su respiración choca contra mi cuello.
Mi pulso se acelera.
Lo llevo, paso a paso, hasta una banca cercana al altar. Cada movimiento es lento, compartido, íntimo de una manera que me quema por dentro. Cuando se sienta, apenas logra mantenerse erguido.
Me quito el pañuelo del cuello con manos temblorosas y presiono su herida. La sangre tibia empapa la tela. Mis dedos rozan su piel firme, caliente.
—Mantén la presión —le indico, colocando su mano sobre el pañuelo.
Un gemido bajo escapa de su boca y se me clava en el vientre.
—Si me encuentran aquí… —murmura.
—Entonces diré que fue mi decisión —respondo sin pensarlo.
Me observa con una mezcla de incredulidad y algo más. Algo intenso. Peligroso.
—Estás loca, monja —dice—. ¿Sabes quién soy?
Un golpe resuena en la puerta lateral.
El miedo me sacude de pies a cabeza. Sin pensarlo, llevo uno de mis dedos a sus labios para silenciarlo. El contacto es breve, eléctrico. Luego lo arrastro hasta uno de los pilares y lo escondo tras él, cubriéndolo un segundo con mi propio cuerpo, como si pudiera protegerlo de todo.
Los pasos del intruso se acercan.
—Sal con las manos en alto o disparo, Dorian —ordena una voz masculina.
Sin dudarlo, camino hacia el intruso con la vela en alto.
—Está prohibido entrar a estas horas. La iglesia está cerrada.
—Dile al hombre que te acompaña que salga o te mataré primero.
—Aquí no hay nadie más que yo —respondo— y mis oraciones.
El hombre armado me mira con burla. Señala la mancha de sangre en mi hábito.
—Hermana… se supone que ustedes no mienten. ¿Por qué proteger a un hombre peligroso?
—Solo respondo ante Dios —digo con calma.
El hombre se acerca de golpe. Cierro los ojos, como si ese gesto pudiera ser mi mejor escudo.
Entonces el disparo estalla detrás de mí.
El cuerpo cae al suelo.
Cuando giro, él está de pie, tambaleándose, con el arma aún humeante en las manos. Me mira como si yo fuera algo sagrado… o algo que nunca debió tocar.
—Pudiste dejarme morir —dice.
—No podía.
Da un paso y se desploma contra mí, lo sujeto con todas mis fuerzas. siento su calor, su fuerza, su vulnerabilidad. Mis manos se aferran a su espalda sin permiso de mi mente.
Su rostro queda a centímetros del mío. Veo cada línea de su expresión, cada sombra.
—Nunca nadie me ha mirado así —susurra.
—¿Así cómo? —pregunto, apenas consciente de mi voz.
No responde.
Sus labios encuentran los míos.
El beso no es violento. Es profundo. Lento. Como si el tiempo se detuviera para observarnos pecar. Mis labios se abren sin resistencia. Su boca es cálida, firme, exigente sin ser brusca. Me besa como si necesitara aferrarse a algo vivo.
Siento su mano deslizarse hasta mi cintura. Sus dedos aprietan con cuidado, con deseo contenido. Mi cuerpo responde antes que mi fe. El hábito deja de existir. La iglesia desaparece. Solo existimos él y yo, respirando el mismo aire, compartiendo el mismo temblor.
El beso se vuelve más intenso. Más profundo. Su lengua roza la mía y el mundo se vuelve peligroso. Mis dedos se clavan en su espalda. Siento su cuerpo reaccionar, tenso, vivo, deseándome de una forma que me hace arder por dentro.
Cuando nos separamos, nuestras respiraciones están mezcladas. Su frente descansa un instante contra la mía. Su pulgar roza mis labios.
—Te debo algo más que la vida —murmura—. Y algún día vendré a cobrar lo que ahora no puedo tomar.
Se aparta lentamente, como si arrancarse de mí le doliera. Retrocede hacia la oscuridad justo cuando el padre Vittorio aparece con otra vela, alarmado por el disparo.
Y yo me quedo allí, temblando frente al altar, sabiendo que acabo de permitir que el pecado me mire a los ojos… y me reconozca como suya.
DORIANGiuseppe esperaba junto al auto, su silueta inmóvil recortada contra la luz neón del letrero del restaurante. Su postura rígida, las manos cruzadas delante del cuerpo, era el primer aviso. No se ponía así por un problema cualquiera.Abrí la puerta trasera del Bentley y me dejé caer en el asiento de cuero. El portazo resonó como un disparo amortiguado en la noche húmeda. El interior olía a limpiador caro y a la tensión que Giuseppe traía consigo desde la acera.Él subió al volante, pero no encendió el motor. No dijo "buenas noches, padrone". Solo se quedó quieto, mirando al frente, pero su atención estaba clavada en mí a través del espejo retrovisor.—Al fin sales —dijo, su voz más áspera de lo habitual—. Tenemos un problema. Gordo.Mis ojos, pesados por el bourbo
El teléfono vibra sobre el mantel de lino, es Gaetano. Su nombre en la pantalla es el único que podría interrumpir esta cena de apariencias. Respondo con un gesto casi imperceptible.—Habla.—Está hecho —dice su voz al otro lado—. La deuda del hospital, saldada al completo. Los proveedores de medicamentos ya tienen instrucciones; recibirán todo lo necesario, y lo mejor. Tengo el informe forense: el veneno fue rodenticida, de los fuertes, mezclado con la sopa. Los niños están estables; el más pequeño, Matteo, requiere observación, pero sobrevivirá. He transferido una suma a la cuenta del orfanato, suficiente para que respiren un mes, quizás dos, si son prudentes.Escucho, haciendo girar lentamente la copa de vino tinto entre los dedos. La información es buena, limpia. Pero es solo el envoltorio.—¿Quién puso el veneno? —pregunto.Gaetano hace una breve pausa, la de quien elige las palabras con el cuidado de quien manipula explosivos. —Una de las cocineras. Estoy siguiendo el rastro, pe
VALENTINALas horas se arrastran, pesadas como plomo, marcadas solo por el lento viaje de la luz de los vitrales sobre la piedra del suelo. El frío de la losa ha trepado desde mis rodillas hasta anidar en mis huesos, un dolor sordo y constante que es compañía fiel de mis pensamientos, más punzantes aún. La rabia ha cedido, transformada en una zozobra profunda y en una pregunta que reverbera: la calma de Benedetta.Un crujido suave en la puerta me hace levantar la cabeza. Es Sor Giulietta, en sus manos lleva un vaso de leche y un trozo de pan duro. Se acerca con pasos sigilosos, como si temiera que el sonido fuera una falta.—Son las diez —susurra, colocando el vaso y el pan en el suelo, a mi lado—. Sé que no te han traído nada. Debes tener hambre.El gesto de bondad, tan simple, amenaza con quebrar la frágil compostura que mantengo. —Gracias, Giulietta —murmuro.Ella se queda arrodillada a mi lado un momento, jugueteando con el rosario que cuelga de su cinto. Su mirada escudriña la pe
VALENTINAMis dedos rozan el picaporte de la puerta principal cuando una sombra se interpone entre yo y la luz.—Hermana Valentina.La fría de Madre Benedetta me eriza la piel. Se coloca delante de mí con los brazos cruzados sobre el pecho, bloqueando el camino.—¿Adónde cree que va, a esta hora y sin permiso?Inspiro hondo, intentando que mi voz no tiemble. —A visitar a los niños, Madre. Al hospital. Necesitan ver un rostro conocido, necesitan…—Lo que los niños necesitan es descanso y oraciones, no sus agitaciones —me interrumpe, sin dejar que termine la frase—. La Madre Superiora ya se ha encargado de enviar a la Hermana Clara con provisiones y consuelo espiritual. Es más que suficiente.Un nudo de frustración se forma en mi garganta. —Pero yo… yo los conozco, Madre. Sé qué los tranquiliza, sus miedos…—Y también sé que los puso en esas camas de hospital —replica ella, y sus palabras caen como losas, cada una cargada de una acusación que no se atreve a decir del todo. Sus ojos, peq
DORIANContinúo de pie frente al ventanal, viendo cómo la ciudad se empapa bajo una lluvia fina y pertinaz. Detrás de mí, la oficina es un silencio caro, roto solo por el tictac del reloj de pared y el leve sonido de las teclas en la laptop de Gaetano.Hasta que la puerta se abre sin el aviso de un golpe.Matteo entra y se apoya contra el marco de la puerta, cruzando los brazos, como un actor que sabe que tiene un papel bueno.—Tenemos un pequeño escándalo, padrone —anuncia, y su voz tiene ese tono de quien comparte un chiste privado, sórdido—. De los que venden periódicos. Niños intoxicados el día de ayer en el orfanato Santa María, nada menos. Imagínate el drama: ambulancias, médicos corriendo, monjitas histéricas rezando en los pasillos, cruces al aire. Y la policía, por supuesto, con esa cara de mártir aburrido que ponen cuando el caso es demasiado triste para su café de la mañana.No me giro.—Continua.—Parece que alguien se puso juguetón en la cocina —continúa él, con un deje b
VALENTINAEl detective Bellini tiene algo en la mirada. Algo que no debería notar… y sin embargo noto.No es bondad. Es calidez. Una peligrosa. De esas que no prometen nada y aun así invitan a acercarse. Eso es lo que me perturba. Y lo que me hace sentir culpable. Y viva.—Está bien… solo un momento —murmuro, como si me estuviera dando permiso a mí misma.Me sostiene la puerta del coche con naturalidad. No hay prisa. No hay presión. Subo, y mientras avanzamos, siento su mirada volver a mí más de una vez. No es descarada, es atenta. Como si intentara leer algo que ni yo me atrevo a nombrar.En la heladería pide dos conos, uno de fresa para mí y uno de vainilla con chispas de chocolate.Cuando me lo entrega, nuestros dedos se rozan. Es un contacto mínimo, casi inocente, pero el cosquilleo me sube por el brazo como una confesión.—Gracias —digo en voz baja.Nos sentamos en un banco bajo un árbol. Lamo el helado con timidez, consciente de su atención, de cómo su silencio no pesa sino acom
Último capítulo