DORIAN
Desde el asiento trasero del Fiat discreto que Gaetano había conseguido, la seguía. No era difícil. Valentina era un punto de negro y blanco moviéndose por las aceras húmedas, una paloma torpe en un mundo de cuervos. La otra, Sor Clara, caminaba a su lado como un centinela, rígida, desaprobando cada paso que las alejaba del orfanato.
Gaetano habló sin volverse.
—Tienen una cita. En el barrio de los negocios, con un tal Signor Amadori. Importador de alimentos. Dicen que es un hombre piad