DORIAN
Desde el asiento trasero del Fiat discreto que Gaetano había conseguido, la seguía. No era difícil. Valentina era un punto de negro y blanco moviéndose por las aceras húmedas, una paloma torpe en un mundo de cuervos. La otra, Sor Clara, caminaba a su lado como un centinela, rígida, desaprobando cada paso que las alejaba del orfanato.
Gaetano habló sin volverse.
—Tienen una cita. En el barrio de los negocios, con un tal Signor Amadori. Importador de alimentos. Dicen que es un hombre piadoso, que podría ayudar con donaciones.
Un importador, un hombre piadoso. La ironía me hizo sonreír sin humor.
—¿Amadori? Ese miserable intenta arruinar mis planes. Creo que tendremos una charla amigable. ¿sabes dónde se encuentra ahora?
—Sí. Tiene oficinas en el edificio Verdi, cerca de la plaza.
No necesitaba más. Las piezas encajaban con una precisión obscena. El destino, o mi voluntad de torcerlo, me ofrecía la oportunidad en bandeja de plata.
—Adelántalas. Llévame al edificio Verdi. Quiero e