VALENTINA
Las horas pasan sin que me dé cuenta. Las cajas se vacían una a una y el azúcar deja de pegarse a los dedos. Los niños, cansados y felices, regresan con Sor Lucía y Sor Elisabetta para almorzar.
—Parece que hoy lo venderemos todo —dice el padre Vittorio, acercándose a las mesas mientras doblamos las cajas vacías y las apilamos para usarlas otro día.
—Dios nos está dando una mano —respondo, y la sonrisa me sale sola.
Estoy a punto de decir algo más cuando un auto oscuro se detiene fren