VALENTINA
Las horas pasan sin que me dé cuenta. Las cajas se vacían una a una y el azúcar deja de pegarse a los dedos. Los niños, cansados y felices, regresan con Sor Lucía y Sor Elisabetta para almorzar.
—Parece que hoy lo venderemos todo —dice el padre Vittorio, acercándose a las mesas mientras doblamos las cajas vacías y las apilamos para usarlas otro día.
—Dios nos está dando una mano —respondo, y la sonrisa me sale sola.
Estoy a punto de decir algo más cuando un auto oscuro se detiene frente a nosotros.
No se apaga. El motor queda encendido, vibrando bajo el capó. Algo dentro de mí se tensa, como si el aire acabara de cambiar.
Dos hombres descienden del vehículo. Trajes baratos, miradas duras, manos que no conocen el temblor. No miran los dulces. Nos miran a nosotros.
—Esos hombres tienen cara de pocos amigos —murmura Sor Benedetta, muy cerca de mi oído—. Y vienen hacia aquí.
—Tranquila, hija —dice el padre Vittorio, adelantándose—. Quizá solo sean buenos clientes.
El primero de