Cubrió mi cuerpo con el suyo, y el contacto de su piel contra la mía fue como un electroshock. Cada centímetro de mi ser despertó al sentir su peso, su calor, su erección presionando contra mi vientre a través de la tela de su pantalón. Sus manos recorrían cada curva, cada rincón, con la devoción de quien ama y conoce cada centímetro del otro.
—Te quiero —susurré contra su boca—. Te quiero tanto, Dorian.
—Y yo a ti —respondió, besándome con una pasión que no había disminuido con los años—. Más