DORIAN
Gaetano está inclinado sobre mí cuando abro los ojos.
El olor a antiséptico se mezcla con el de la madera antigua de la habitación. La luz entra filtrada, suficiente para marcar sombras, no para disiparlas. Mis costillas arden mientras él retira con cuidado las vendas empapadas de sangre seca.
—No te muevas —dice, con voz firme—. Si vuelves a abrir la herida, esta vez no será solo dolor.
Aprieto la mandíbula. No me quejo.
Gaetano trabaja en silencio. Cambia las gasas, presiona donde duel