DORIAN
Gaetano está inclinado sobre mí cuando abro los ojos.
El olor a antiséptico se mezcla con el de la madera antigua de la habitación. La luz entra filtrada, suficiente para marcar sombras, no para disiparlas. Mis costillas arden mientras él retira con cuidado las vendas empapadas de sangre seca.
—No te muevas —dice, con voz firme—. Si vuelves a abrir la herida, esta vez no será solo dolor.
Aprieto la mandíbula. No me quejo.
Gaetano trabaja en silencio. Cambia las gasas, presiona donde duele más, ajusta el vendaje con precisión quirúrgica. Sus manos son seguras. Frías. Acostumbradas a mantener con vida a hombres que no deberían seguir respirando.
—Reposo absoluto, Dorian —añade—. No reuniones. No desplazamientos. No decisiones impulsivas.
Sonrío apenas.
—Las decisiones no descansan.
Me lanza una mirada severa.
—Tu cuerpo sí debería descansar. No eres invencible.
—Nunca lo fui.
Termina de vendarme con precisión y se aparta justo cuando el teléfono vibra sobre la mesa de noche.
Gaet