CAPÍTULO 8

VALENTINA

La penitencia termina cuando el dolor de las rodillas se confunde con el de la conciencia, cuando el silencio deja de ser sagrado y se vuelve simplemente vacío. Me levanto despacio, con el cuerpo adormecido y los nervios tensos bajo la piel, como cuerdas a punto de romperse. Rezar no borra la culpa. Tampoco las mentiras, que a estas alturas ya no son pequeñas omisiones, sino sombras espesas que se han instalado en mí.

—Dios, nuestro Señor, sabrá entender que todo lo hacemos por nuestros niños —dice Madre Agnese, con una voz que busca firmeza.

—Después de lo ocurrido, no sé si nos espera comprensión o castigo —murmura el padre Vittorio—. Quizá solo el infierno.

—No diga necedades, padre Vittorio —responde ella, cortante, recuperando su autoridad—. Ahora prepárese. Hoy es día de ventas en la plaza. Los niños deben estar organizándolo todo en el comedor.

—Lo había olvidado —confieso, aún con la mente atrapada en la capilla.

—Procura no volver a hacerlo —añade Madre Agnese—. No
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