VALENTINA
Una semana después.
El valle suizo había comenzado a sentirse como un hogar. Mis días tenían un ritmo nuevo, suave, alejado del horror que habíamos dejado atrás. Me levantaba temprano, ayudaba a las hermanas con los niños, paseaba por los jardines.
Esa mañana mientras desayunaba con los pequeños en el comedor principal, Sor Clara entró con el periódico en la mano. Su rostro estaba pálido, sus ojos fijos en la primera plana.
—Valentina —dijo, su voz temblorosa—. Tienes que ver esto.
De