Vincenzo estaba perdiendo el control.
No era una sospecha.
Era un hecho.
Había destrozado tres habitaciones distintas en menos de una hora. Vidrios rotos, muebles volcados, sangre en los nudillos. Sus hombres permanecían a distancia, inmóviles, sabiendo que cualquier palabra podía convertirse en sentencia.
—¡Encuéntrenlas! —rugió—. ¡No me importa cómo ni a quién tengan que aplastar para hacerlo!
El nombre de Valeria no lo pronunciaba.
No todavía.
Porque mientras no lo dijera en voz alta, seguía