Francesco dejó de contar los días cuando comprendió que el tiempo ya no jugaba para él.
Al principio fue disciplina. Café amargo. Madrugadas enteras revisando informes, mapas, rostros. Luego vino el cansancio. Después, la frustración. Y finalmente, algo mucho más peligroso: la resignación.
Las pistas dejaron de aparecer.
Los teléfonos dejaron de sonar.
Los hombres bajaron la mirada cuando él entraba a una habitación.
La ciudad seguía cerrada, pero Vincenzo y Valeria se deslizaban entre grietas