Francesco cumplió su palabra.
Y aun así, no fue suficiente.
La ciudad se convirtió en un organismo en estado de guerra. Puertos cerrados. Aeropuertos intervenidos. Carreteras vigiladas por hombres que no vestían uniforme pero cargaban armas largas y miradas muertas. Contactos antiguos despertados a golpes de dinero y amenazas. Favores cobrados con intereses sangrientos.
—Quiero nombres, rostros, rutas —exigía—. No teorías.
Cada pista llevaba a un lugar vacío.
Cada coordenada llegaba tarde.
Cada