La llamada entró pasada la medianoche.
Vincenzo estaba solo, con la chaqueta aún puesta y un vaso intacto sobre el escritorio. No dormía desde hacía días. Cuando vio el nombre de Valeria en la pantalla, algo en su pecho se tensó. No era una mujer que llamara sin motivo.
—Habla —dijo al contestar.
Del otro lado, Valeria respiró hondo. No había marcha atrás.
—No es quien tú crees —empezó—. Y nunca lo fue.
Vincenzo cerró los ojos un segundo, irritado.
—Si esto es sobre Francesco—
—No —lo cortó—. E