Se encontraron sin testigos.
Un lugar neutro. Una casa prestada al silencio, donde las paredes no preguntaban y la noche parecía contener la respiración. Francesco fue el primero en hablar, porque ya no sabía callar.
—Ya no puedes ocultarlo —dijo, con la voz firme y rota a la vez—. Me amas. Lo sé.
Dio un paso más—. Y todo lo que has hecho… no fue ambición. Fue protección. Fue por mí.
Anabel se quedó inmóvil.
Durante años había entrenado el rostro para no delatar nada. Había aprendido a ganar pe