La noche envolvía la habitación de Anabel en una penumbra inquietante. Sentada en un lujoso sillón de cuero, tomó un sorbo de whisky, sintiendo el calor del líquido recorrer su garganta. Había una calma tensa en el aire, una sensación de que las piezas del tablero estaban en movimiento y que el juego estaba a punto de intensificarse. Sabía que alguien estaba moviendo las piezas para sacarla del camino, y ese alguien era Vincenzo.
Sin embargo, lo que Anabel no contaba era que Valeria, la mujer q