Francesco permaneció unos segundos frente a la mansión antes de bajar del auto.
El lugar imponía respeto. Demasiado silencio. Demasiadas sombras. Sintió una presión en el pecho que no supo ignorar. Una parte de él quería marcharse, proteger lo poco que aún conservaba intacto. Otra, más fuerte, lo empujaba hacia la puerta.
Tiene que estar aquí.
Y si no lo está… al menos lo intenté.
Tocó el timbre.
Cuando la puerta se abrió y Anabel apareció frente a él, todo pensamiento coherente se desvaneció.