El amanecer encontró a Francesco despierto.
No había dormido. O, peor aún, había dormido a intervalos, atrapado en sueños fragmentados donde Anabel aparecía y desaparecía como una sombra imposible de atrapar. Se levantó antes que el sol, se sirvió un café que apenas probó y permaneció de pie frente a los ventanales de su departamento, observando una ciudad que despertaba sin él.
Sentía algo fuera de lugar. Una inquietud densa, persistente.
—Esto es absurdo —murmuró.
Pero no lo era. No cuando el