Leonardo no se movió de su lugar hasta que el sonido del auto de Francesco se perdió en la distancia.
Ni un gesto.
Ni un parpadeo.
Esperó a que el silencio se asentara por completo, a que la noche reclamara otra vez la mansión como su territorio natural. Solo entonces salió de las sombras, como si siempre hubiera formado parte de ellas.
Caminó por el pasillo con pasos lentos, medidos, casi ceremoniales, repasando cada gesto, cada palabra a medias, cada silencio incómodo que había presenciado de