La puerta del despacho se cerró, pero el eco de las palabras de Anabel siguió resonando en la mente de Francesco como un disparo que no termina de apagarse.
Me acosté con él.
La frase se repetía una y otra vez, lenta, cruel, obsesiva.
Francesco permaneció inmóvil, de pie, mientras ella se alejaba por el pasillo. No la siguió. No la detuvo. No dijo nada más. Su orgullo se lo prohibía… pero su mente ya había cruzado una línea peligrosa.
Caminó hasta el escritorio y apoyó las manos sobre la madera