El amanecer apenas se atrevía a nacer cuando Anabel se incorporó lentamente de la cama. La habitación aún conservaba el olor del deseo reciente: una mezcla de piel, ambición y mentiras suspendidas en el aire. Leonardo dormía boca arriba, desnudo, con la expresión satisfecha de quien cree haber ganado una batalla… sin sospechar que acaba de firmar su condena.
Ella lo observó en silencio mientras se vestía. Cada gesto era preciso, medido, casi ceremonial. No había rastro de culpa en sus movimient