Anabel cerró la puerta de su oficina con un movimiento lento y calculado, como si incluso el aire pudiera delatarla. El silencio cayó sobre el lugar con una densidad casi viva. Caminó descalza hasta el bar de cristal junto a la ventana y se sirvió un whisky. No añadió hielo. No quería suavizar nada. Lo sostuvo entre los dedos, observando cómo la luz se quebraba en el líquido ámbar.
Respiró hondo.
Todo estaba avanzando.
Exactamente como lo había planeado.
Desde hacía meses —años, en realidad— ca