El tiempo en la cárcel había pasado como un río caudaloso, arrastrando consigo días y noches que se sentían interminables. Anabel Corleone había logrado lo que muchos consideraban imposible: se había convertido en la mayor contrabandista de droga en toda Sicilia, operando bajo el seudónimo de La Serpiente. Su astucia y determinación habían transformado el caos en un imperio clandestino, donde cada movimiento era calculado, y cada paso, una danza entre la vida y la muerte.
Las reclusas la miraba