El avión tocó tierra en España con un golpe seco.
Anabel no sintió alivio. No hubo paz. Solo un vacío pesado en el pecho, como si hubiera dejado algo vital suspendido en el aire, a miles de metros de altura.
Caminó por el aeropuerto con la cabeza baja, el pasaporte falso sudándole en las manos. Cada rostro le parecía una amenaza. Cada mirada, una acusación. El ruido de las maletas, las voces, los anuncios por altavoz… todo la envolvía en una sensación de asfixia.
Entonces lo vio.
Una pantalla g