El teléfono sonó al amanecer.
Anabel dio un respingo. Llevaba horas despierta, sentada en el borde de la cama, con la ansiedad apretándole el pecho como un puño. Cada pensamiento terminaba en el mismo lugar: Vincenzo. La amenaza. El abismo.
Cuando vio el nombre en la pantalla, el mundo pareció detenerse.
—No… —susurró, llevándose una mano a la boca.
Giovani estaba de pie, cerca de la puerta. Bastó una mirada para entenderlo todo. Se acercó y, antes de que ella pudiera reaccionar, tomó el teléfo