El teléfono sonó cuando el silencio ya se había vuelto insoportable.
Anabel estaba sentada, inmóvil, con la mirada perdida. Giovani permanecía a su lado desde hacía horas, sin presionarla, sin preguntas inútiles. Solo su presencia. Firme. Leal.
Cuando vio el nombre en la pantalla, el estómago se le cerró.
Vincenzo.
Contestó con la mano temblorosa.
—Sabes por qué llamo —dijo él sin preámbulos, con esa voz espesa que parecía mancharlo todo—. El desastre ya es de dominio público.
Anabel cerró los