Los días pasaron con una lentitud engañosa.
Para Anabel, cada amanecer era una prueba de resistencia. Dormía poco, comía menos. La sensación de que algo estaba mal no la abandonaba, como un animal agazapado en la nuca, esperando el descuido exacto para morder.
Leonardo, en cambio, parecía más presente que nunca.
Atento. Cercano. Perfecto.
Demasiado perfecto.
—Todo está listo —le dijo una noche, sirviéndose un whisky en su despacho—. Las cien toneladas saldrán en cuarenta y ocho horas. Será hist