Anabel se quedó sola unos minutos después de que Leonardo se fuera. El despacho, demasiado grande para una sola persona, parecía observarla. Cada rincón guardaba una versión distinta de ella misma, y ninguna le ofrecía respuestas.
Su corazón estaba dividido.
Con Leonardo era el vértigo, la pérdida de control, el abismo que la hacía olvidar quién era.
Con Giovani… era otra cosa. Era calma. Era verdad. Y eso la asustaba mucho más.
Aún estaba perdida en sus pensamientos cuando la puerta volvió a a