La mañana llegó sin pedir permiso.
La luz gris se filtraba por los ventanales del despacho principal, revelando un escenario que aún guardaba ecos de la noche anterior. Anabel permanecía de pie, frente al sofá. El mismo. Sus dedos rozaron el respaldo por un instante, como si la tela pudiera hablarle, como si pudiera delatarla.
No había dormido.
Giovani seguía en su piel, en su respiración, en esa calma peligrosa que había sentido al amanecer. Y eso la inquietaba más que cualquier amenaza extern