La fiesta terminó diluyéndose lentamente, como el eco lejano de una canción que ya nadie escucha. Uno a uno, los invitados abandonaron la mansión, llevándose consigo risas forzadas, pactos silenciosos y miradas cargadas de intención. Los hombres de Anabel se retiraron con respeto; Leonardo fue el último en irse, despidiéndose con una sonrisa que a ella le dejó un nudo en el estómago. Giovani observó en silencio cómo el francés cruzaba la puerta, y no dijo nada.
Cuando el silencio finalmente se