El sol apenas comenzaba a iluminar la mansión de Anabel cuando Leonardo llegó, como de costumbre, con la confianza de quien cree tener el control. Sin embargo, al cruzar la puerta, se detuvo en seco. La escena que presenció lo dejó paralizado: Anabel estaba en los brazos de Giovani, su risa suave resonando en el aire, un sonido que él había anhelado escuchar, pero que ahora le desgarraba el corazón.
La ira se apoderó de él como un torrente descontrolado. "¿Qué demonios está pasando aquí?" gritó