Sophia giró el volante, y el coche derrapó, pero seguimos adelante. Las balas rebotaban en el blindaje. Salimos por la puerta principal, que colgaba de sus bisagras, y nos lanzamos a las calles de Roma. El retrovisor mostraba el palazzo en llamas, columnas de humo negro elevándose al cielo.
—¿Hospital? —preguntó Sophia, las manos blancas en el volante.
—Hospital —confirmé.
Pero no llegamos lejos. A tres cuadras, un SUV negro nos cortó el paso. Sophia frenó en seco. Hombres armados bajaron, las