El hospital olía a desinfectante y la esperanza era frágil. Me habían cosido los cortes, inyectado calmantes que apenas rozaban el dolor que llevaba dentro. Dante no había vuelto desde que corrió a ver a Marco. Giovanni, con el torso vendado y la cara hinchada, montaba guardia junto a la puerta de mi habitación privada como un perro herido pero fiel. Sophia dormía en la cama contigua, sedada, su cabello pelirrojo extendido sobre la almohada como sangre seca.
Yo no podía dormir. Cada vez que cer