Sofia cumplió cuatro meses y la casa parecía haber encontrado un nuevo ritmo. Las noches seguían siendo cortas, pero ya no eran desesperadas. La bebé se despertaba dos o tres veces, pedía pecho con esa urgencia hambrienta y volvía a dormirse pegada a mí. Dante se levantaba siempre primero, la cargaba contra su pecho desnudo mientras yo terminaba de despertarme, y caminaba con ella por la habitación murmurándole cosas en voz baja que solo ellos entendían.
Esa mañana llovía suave. Me quedé en la