Los meses después de la boda fueron como un respiro largo que por fin llenábamos con aire limpio. Lorenzo había cumplido once años y ya era más alto que yo, con las mismas cejas serias de su papá y una curiosidad que lo hacía preguntar por todo. Valeria, con ocho años, era un torbellino de rizos negros y risas que llenaban cada rincón.
Una mañana de abril, el calor ya empezaba a apretar. Estaba en la cocina preparando jugo de mango cuando escuché las carcajadas desde la playa. Me asomé por la