Nápoles se extendía bajo un cielo plomizo como una ciudad que nunca termina de morir. El tráfico rugía en las calles estrechas, los scooters zigzagueaban entre coches viejos y los vendedores ambulantes gritaban precios de pescado fresco e imitaciones de bolsos de marca. Olía a mar, a fritanga y a humo de cigarrillos baratos. Era el lugar perfecto para esconderse si sabías moverte entre las sombras.
Llegamos al atardecer. Dante había elegido un apartamento discreto en el barrio de Chiara, alto,