El cementerio privado de los Salvatore estaba escondido en una ladera olvidada de las colinas de Frascati. No había cruces ostentosas ni ángeles de mármol. Solo piedras lisas, nombres grabados con cincel y fechas que hablaban más de violencia que de vejez. El viento traía olor a pino y tierra húmeda. Era un lugar donde los muertos no descansaban en paz; solo esperaban que los vivos no los avergonzaran demasiado.
Dante cavó la tumba él mismo.
Sin ayuda.
Sin máquinas.
Solo una pala oxidada y las