El cementerio privado de los Salvatore estaba escondido en una ladera olvidada de las colinas de Frascati. No había cruces ostentosas ni ángeles de mármol. Solo piedras lisas, nombres grabados con cincel y fechas que hablaban más de violencia que de vejez. El viento traía olor a pino y tierra húmeda. Era un lugar donde los muertos no descansaban en paz; solo esperaban que los vivos no los avergonzaran demasiado.
Dante cavó la tumba él mismo.
Sin ayuda.
Sin máquinas.
Solo una pala oxidada y las manos que tantas veces habían apretado gatillos. Yo estaba a unos metros, sentada en una roca plana, con las rodillas recogidas y una chaqueta de lana que olía a él. No hablaba. No había nada que decir que no hubiera dicho ya con la mirada.
Cuando el hoyo fue lo suficientemente profundo, Dante bajó el cuerpo envuelto en una sábana blanca. No había ataúd. No había ceremonia. Solo un hombre enterrando a su hermano como si enterrara una parte de sí mismo.
Dejó caer la pala al suelo con un ruido sor