El camino de vuelta desde Nápoles fue silencioso, pero no incómodo.
El sol salía por el lado derecho del auto, tiñendo de naranja las autopistas y los campos de olivos. Dante manejaba con una mano en el volante y la otra sobre mi muslo, no posesivo, sino como si necesitara confirmar que seguía allí, respirando, entera. Giovanni y Nico iban en el vehículo de atrás, dándonos espacio. Por primera vez en meses no había nadie respirándonos en la nuca.
Cuando llegamos a la villa en las colinas de Cas