El camino de vuelta desde Nápoles fue silencioso, pero no incómodo.
El sol salía por el lado derecho del auto, tiñendo de naranja las autopistas y los campos de olivos. Dante manejaba con una mano en el volante y la otra sobre mi muslo, no posesivo, sino como si necesitara confirmar que seguía allí, respirando, entera. Giovanni y Nico iban en el vehículo de atrás, dándonos espacio. Por primera vez en meses no había nadie respirándonos en la nuca.
Cuando llegamos a la villa en las colinas de Castelli Romaní, ya era media tarde. El portón se abrió automáticamente. Los guardias saludaron con un respeto nuevo, casi reverente. La noticia de lo que había pasado en Bagnoli había corrido como pólvora: Elena derrotada, sus hombres dispersos o muertos, el sur bajo control otra vez. Nadie preguntó detalles. No hacía falta.
Mi madre nos esperaba en la terraza principal. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco y el cabello recogido con una pinza de madera. Cuando nos vio bajar del auto, se lle