El palazzo olía a carne quemada.
Los focos del jardín seguían encendidos, iluminando el cadáver sin cabeza del guardia como si fuera una escultura macabra. La sangre se había extendido en un charco negro que reflejaba las llamas de los arbustos. Los hombres corrían de un lado a otro, apagando incendios, buscando más paquetes. Dante permanecía inmóvil en medio del comedor, con el móvil aún en la mano y la voz de Elena resonando en su cabeza como un martillo contra yunque.
Yo me puse de pie lentamente, los cristales clavándose en las plantas de los pies descalzos. La camisa de Dante, la misma que había usado para huir, estaba hecha jirones y empapada en mi propia sangre del corte en la frente. Me temblaban las manos, pero no de miedo. Era rabia pura, caliente, viva.
—Giovanni —dije con voz firme—. Trae el botiquín y cierra todas las puertas. Nadie entra ni sale hasta nueva orden.
Él me miró sorprendido un segundo, luego asintió y desapareció por el pasillo.
Dante giró hacia mí, los ojos