El palazzo olía a carne quemada.
Los focos del jardín seguían encendidos, iluminando el cadáver sin cabeza del guardia como si fuera una escultura macabra. La sangre se había extendido en un charco negro que reflejaba las llamas de los arbustos. Los hombres corrían de un lado a otro, apagando incendios, buscando más paquetes. Dante permanecía inmóvil en medio del comedor, con el móvil aún en la mano y la voz de Elena resonando en su cabeza como un martillo contra yunque.
Yo me puse de pie lenta