El sol de media mañana entraba por las ventanas altas del palazzo Salvatore como si tuviera miedo de tocar el suelo. Todo estaba demasiado limpio. Los hombres de la limpieza habían trabajado toda la noche: no quedaba sangre en el mármol, ni casquillos en las alfombras, ni olor a pólvora en los pasillos. Solo quedaba el silencio, ese silencio pesado que sigue a las guerras cuando nadie está seguro de haber ganado.
Dante estaba de pie frente al ventanal de la biblioteca, de espaldas a mí, con la