Hotel Excelsior, Via Veneto.
Mediodía en punto.
Roma parecía contener la respiración.
El sol pegaba fuerte sobre la fachada blanca del hotel, pero dentro, en el salón Regina, la temperatura era glacial. Cinco mesas redondas, cinco capos, cinco banderas invisibles de poder. En el centro, una mesa larga vacía donde, según la tradición, solo se sientan los que negocian la paz. Hoy esa mesa estaba puesta para la guerra.
Llegamos los últimos, como estaba planeado.
El convoy se detuvo en seco frente a la escalinata. Los porteros del hotel, sobornados desde hacía semanas, fingieron no ver las armas bajo las chaquetas. Los periodistas que solían merodear la Via Veneto habían sido convenientemente alejados con una falsa alerta de bomba en el Coliseo. La calle estaba limpia.
Dante bajó primero. Traje negro impecable, camisa negra abierta, sin corbata. Yo a su lado: pantalón de cuero negro ajustado, botas hasta la rodilla, chaqueta corta que dejaba ver la pistolera bajo el brazo izquierdo. El ca