Mundo ficciónIniciar sesiónAynara frente al espejo de su pequeño apartamento, con las manos temblorosas sosteniendo aún la prueba de embarazo que había cambiado su mundo para siempre. La vida crecía dentro de ella, un secreto maravilloso que llevaba apenas unas horas, y ya ardía por compartirlo. El nombramiento oficial de su nuevo Alfa. Y ese Alfa era Damián, el hombre que la había amado, el padre del hijo que crecía en su vientre, el dueño de su corazón desde aquel primer encuentro que ella siempre recordaría como el instante en que el universo hizo clic."Hoy, este nuevo camino no lo empiezo solo", anunció, y una oleada de susurros recorrió la multitud."Selene", dijo él, mirando a la loba con una devoción que Aynara había visto en sus ojos tantas madrugadas, tantos amaneceres compartidos. "Mi Luna". Pálida como la luna que acababan de nombrar, se aferró a la pared más cercana para no derrumbarse. Amante. Esa era la palabra. Simple amante humana de un Alfa que ahora tenía una Luna de pura sangre. Todo lo que habían construido, las promesas susurradas al oído, los proyectos de futuro, las conversaciones infinitas en las que él juraba que ella era todo lo que necesitaba... ¿todo había sido mentira? ¿O acaso ella había interpretado mal las señales, había visto amor donde solo había conveniencia?
Leer másEl amanecer encontró a Aynara frente al espejo de su pequeño apartamento. Sus manos temblaban mientras sostenía la prueba de embarazo. Dos líneas rojas. Positivo.
—Dios mío —susurró, llevándose una mano a la boca.
La vida crecía dentro de ella. Un secreto maravilloso que llevaba apenas unas horas y ya ardía por compartirlo. Salió de su casa con el corazón lleno de esa alegría ingenua que solo concede la ignorancia. Caminó hacia lo desconocido con la certeza absurda de que el amor todo lo puede.
Su teléfono sonó. Era Elena.
—¿Aynara? ¿Dónde estás? Hoy es la ceremonia.
—Lo sé. Voy para allá.
—¿Estás bien? Te noto rara.
Aynara sonrió, apretando el teléfono contra su oído.
—Estoy mejor que bien, Elena. Te cuento después. Te lo juro.
Colgó y siguió caminando. El sol comenzaba su declive cuando llegó al Gran Salón de la Manada Oscura. Las sombras se alargaban como presagios, pero ella no lo notó. Desde afuera, el bullicio de la celebración retumbaba como un latido colectivo.
—Mi noticia se sumará a la fiesta —murmuró para sí—. Será la guinda del pastel.
Dentro, cientos de lobos se congregaban. El momento más importante en la vida de una manada: el nombramiento oficial de su nuevo Alfa. Damián. El hombre que la había amado. El padre del hijo que crecía en su vientre.
Se abrió paso entre la multitud con delicadeza. Pequeña y humana entre tanta fuerza sobrenatural. Pero no importaba. Pronto todos sabrían que llevaba dentro al heredero del Alfa. Su mano derecha descansaba sobre su vientre, protegiendo el tesoro que aún nadie conocía.
Cuando logró ver el estrado, su corazón dio un vuelco.
Allí estaba él. Damián, erguido y poderoso. La luz de las antorchas bailaba sobre sus facciones, acentuando esa mezcla de fiereza y ternura que siempre la había cautivado. Lucía el manto ceremonial de los Alfas. Los lobos más ancianos le rendían pleitesía.
—Ya casi —susurró Aynara—. Pronto me verá.
El silencio cayó sobre la asamblea. Damián levantó la mano. Su voz, grave y segura, llenó cada rincón del salón.
—Agradezco a mis predecesores —dijo—. A los guerreros que me entrenaron. A la manada que deposita su confianza en mí.
Palabras formales. Hermosas. Vacías para Aynara, que solo esperaba tenerlo a solas.
Entonces, él hizo una pausa.
—Hoy, este nuevo camino no lo empiezo solo.
Una oleada de susurros recorrió la multitud. Aynara contuvo el aliento. Su mano apretó el vientre con fuerza.
—Iba a anunciarme —pensó.
—Va a presentarme como su Luna.
Damián extendió la mano hacia un lado del estrado.
Del otro lado, como salida de las sombras, emergió Selene Plata. Su melena rubia resplandecía como un halo dorado. Su vestido, tan fino y elegante, parecía tejido con la luz de la luna. Caminó hacia Damián con la seguridad de quien sabe que ese lugar le pertenece.
Él tomó su mano.
—Selene —dijo, mirándola con devoción—. Mi Luna.
El mundo de Aynara se detuvo.
Los aplausos y vítores llegaron a sus oídos como un rumor lejano. Una campana de cristal la aisló del mundo. Sintió cómo la sangre abandonaba su rostro. Cómo sus piernas se volvían de gelatina. Un temblor incontrolable se apoderó de su cuerpo.
—Amante —susurró.
—Solo soy su amante.
Pálida como la luna que acababan de nombrar, se aferró a la pared para no derrumbarse.
Desde el estrado, Selene desvió sus ojos azules hacia la multitud. Encontró los de Aynara. Sostuvo su mirada. En sus labios se dibujó una sonrisa sutil. Aynara reconoció en ella la satisfacción de la victoria.
Entonces, Damián también la vio.
Sus ojos se encontraron a través del mar de cuerpos. Por una fracción de segundo eterna, Aynara vio algo en su mirada. ¿Sorpresa? ¿Dolor? ¿Reconocimiento de un error?
Selene se giró hacia él. Posó una mano posesiva sobre su pecho.
—Damián, mi amor —dijo con voz melosa—. Los ancianos esperan para felicitarnos.
La máscara del Alfa volvió a caer sobre su rostro. Él desvió la mirada.
La esperanza de Aynara se desvaneció.
No pudo soportarlo más. Dio media vuelta y huyó. Empujó cuerpos, esquivó miradas. Necesitaba aire que no estuviera viciado por el olor de la traición. Salió del Gran Salón como alma que lleva el diablo y corrió hacia el bosque. Hacia la oscuridad.
Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero se negó a llorar allí. No les daría el espectáculo de su dolor.
Corrió hasta que sus pulmones ardieron. Hasta que sus piernas amenazaron con fallar. Entonces, un pensamiento se abrió paso entre el torbellino de emociones.
La conexión.
Ese lazo inexplicable que siempre había sentido. Esa sensación de completitud cuando estaban juntos. Esa certeza absurda de que sus almas se reconocían. No era imaginación suya. No podía serlo.
Recordó las palabras de su padre, el delta poderoso. En una conversación nocturna, cuando ella era una adolescente confundida por no haber heredado la bestia interior, él le había hablado del vínculo de pareja.
—La Luna no se equivoca —le había dicho.
—Ella elige a las almas gemelas, a los destinados a complementarse. Cuando dos almas están unidas por ese lazo, nada ni nadie puede romperlo. Pueden ignorarlo, negarlo, incluso alejarse, pero siempre estará ahí. Tirando. Reclamando lo que es suyo.
Aynara se detuvo en un claro bañado por la luz de la verdadera luna. Jadeante, con las manos apoyadas en las rodillas, sintió algo que no había notado en medio del caos.
Esa tirantez en el pecho. Ese hilo invisible que la conectaba con Damián a pesar de la distancia. No se había roto. Al contrario, en ese momento de desesperación, tiraba de ella con más fuerza que nunca. Como si el lazo mismo estuviera dolido, confundido, reclamando lo que le pertenecía.
—¿Y si...? —susurró.
¿Y si la conexión no era solo producto del amor? ¿Y si ese lazo especial era el vínculo de pareja del que hablaba su padre? ¿Y si la Luna, en su infinita sabiduría, la había destinado a él a pesar de su sangre humana? ¿Y si ella, Aynara, la hija de la humana, la hermana de los lobos, la simple amante, era en realidad la verdadera compañera elegida de Damián?
La pregunta flotó en el aire nocturno, mezclándose con el aroma de los pinos y el eco lejano de la celebración. Aynara levantó la vista hacia la luna llena. Por primera vez desde que huyó del Gran Salón, sus lágrimas no fueron de dolor, sino de determinación.
—Si algo me ha enseñado la vida como humana en un mundo de lobos —dijo—, es a luchar por lo que quiero.
Lo que su alma reclamaba con una fuerza que ninguna Selene podría igualar era a Damián.
El bebé en su vientre dio una pequeña patada. Como si también él, desde su diminuta existencia, supiera que la batalla apenas comenzaba.
En Montenaz, la noche era tranquila. Demasiado tranquila.Aynara no podía dormir. Uzziel descansaba en su cuna, con su pequeño puño apoyado en la mejilla, respirando suavemente. Pero ella, sentada en la mecedora junto a la ventana, miraba el bosque con una inquietud que no podía explicar.Los salvajes se movían entre los árboles, sus ojos negros brillando en la oscuridad. Pero incluso ellos parecían nerviosos, inquietos, como si olfatearan algo que Aynara no podía percibir.—¿Qué pasa? —preguntó en voz baja, como si pudieran escucharla.Uno de ellos, el más grande, levantó la cabeza y la miró directamente. Sus ojos negros se fijaron en los de ella, y por un momento, Aynara sintió que algo se transmitía entre ellos.Peligro.Alguien se acercaba.Se levantó de la mecedora y caminó hacia la cuna. Tomó a Uzziel en brazos, apretándolo contra su pecho.—Tranquilo, mi amor —susurró—. No te va a pasar nada.El bebé se removió un poco, pero no despertó.La puerta se abrió.Yskara entró con pas
En la fortaleza real, el ejército unificado terminaba de organizarse. Alfas lobos y comandantes Lycan revisaban las posiciones por última vez, ajustando formaciones, repartiendo órdenes. El ambiente era tenso, cargado de una electricidad que precedía a la tormenta.Pero algo inquietaba a todos.Kurt estaba junto al mapa desplegado en la mesa central, marcando los puntos de defensa con fichas de colores. Su mirada recorría el perímetro una y otra vez, buscando algo que no encontraba.—¿Dónde están? —murmuró.Damián, que estaba a su lado, lo miró con el ceño fruncido.—¿Quiénes?—Los salvajes.Damián parpadeó. Tenía razón. Los enormes y feroces Lycan sin humanidad, los que siempre acechaban en los límites del territorio, los que seguían a Aynara como sombras... no estaban por ningún lado.—¿Se fueron? —preguntó.—No —respondió Kurt, negando con la cabeza—. No se fueron. Los salvajes no abandonan su territorio. Solo hay una razón para que no estén aquí.—¿Cuál?Kurt levantó la vista y lo
Damián cayó al suelo, tosiendo, recuperando el aliento.—No me vengas a reclamar aquí —dijo Bóreas, mirándolo desde arriba—. Porque te juro que eres el menos indicado. Si tu lobo hubiese sido lo suficientemente fuerte para destruir esa estupidez que tenías cuando Aynara era tu pareja, ella no hubiese sufrido tanto. Porque sí, Damián, Aynara aún lleva las cicatrices de ese accidente. Aún tiene pesadillas con ese lugar.Damián bajó la cabeza.—Lo sé.—¿Y qué has hecho para remediarlo? ¿Qué has hecho para ayudarla?—Estoy aquí —respondió Damián, levantando la vista—. Vine con mi ejército. Vine a luchar. Porque es lo único que puedo hacer ahora.Bóreas lo miró largamente.—Está bien —dijo finalmente—. Quédate. Pero no te acerques a Montenaz. No intentes verla. No le envíes mensajes. No le escribas.—¿Por qué?—Porque ella no te necesita. Me necesita a mí. Y yo voy a ganarme su perdón. No quiero que tu presencia le traiga más dolor del que ya tiene.Damián se puso de pie lentamente.—Está b
No había palabras de perdón, ni de reproche. Solo una mirada que decía más que cualquier discurso.Bóreas cerró la puerta y dio una palmada en el techo del vehículo.—¡Váyanse!El todoterreno avanzó entre los árboles, seguido por los lobos y los Lycan que corrían a su alrededor como sombras.Bóreas se quedó mirando cómo se alejaban, con el corazón en un puño.—¿Crees que lleguen? —preguntó Kurt a su lado.—Tienen que llegar —respondió Bóreas—. Porque si no... no sé qué voy a hacer.Se dio la vuelta y caminó hacia la fortaleza.Aún había una guerra que pelear.*_*Al mismo tiempo, otro convoy mucho más notorio se movía en dirección contraria.Luces encendidas, guardias visibles, todo el protocolo real. Parecía que la reina y el heredero viajaban hacia el sur, hacia un destino desconocido.Varek observaba desde una colina, con sus ojos amarillos brillando de odio.—Ahí están —dijo—. La reina y el heredero. Huyendo como ratas.—¿Atacamos? —preguntó Luther.—No —respondió Varek—. Los segu
Último capítulo