Capítulo 5 El refugio de Elena

Capítulo 5 El refugio de Elena

Y cuando Aynara, aún débil, aún convaleciente, pudo por fin sentarse en la cama, entraron a su habitación.

Dayana recordó una anécdota más que un recuerdo, algo que le hizo latir el corazón en este momento.

Flashback — Tres años atrás

—Mamá, ¿por qué nos envían a nosotras? —se quejó Aynara mientras intentaba abrirse paso entre la multitud.

—Solo somos humanas.

Su madre, Sara, caminaba a su lado cargando un paquete cuidadosamente envuelto. Estaban en la entrada de la casa de la manada real, un lugar imponente que parecía más un palacio que una vivienda.

—Precisamente por eso, hija —respondió Sara sin dejar de avanzar.

—Porque somos humanas. Indefensas.

Aynara resopló, ajustando la correa de su mochila. Habían viajado veinte horas en bus para llegar hasta allí. Sus piernas le dolían, su espalda le dolía, y lo único que quería era una cama.

—No entiendo tu lógica.

—Los licántropos son seres superiores —explicó Sara.

—Más fieros y poderosos que los lobos. ¿Qué podríamos hacerles nosotras? No representamos ninguna amenaza. Por eso nos eligen para estas entregas.

—Sigue sin parecerme justo.

—La vida no es justa, Aynara. Ya deberías saberlo.

Llegaron al gran salón donde decenas de lobos y algunos humanos esperaban en largas filas. Todos llevaban paquetes, cajas, regalos envueltos. Todos querían dejar su ofrenda para el rey licántropo.

—Mira esto —dijo Aynara, asombrada.

—¿Todos vienen a dejar regalos?

—Es un honor —respondió Sara.

—El rey Bóreas protege estas tierras. Los lobos le deben lealtad. Los humanos, gratitud.

—¿Y él qué gana?

—Lealtad —repitió Sara.

—Y control.

Aynara observó a los seres que custodiaban las puertas. Eran altos, hermosos, casi divinos. Su sola presencia imponía respeto. Nunca había visto licántropos en persona. Las historias no les hacían justicia.

—Son impresionantes —murmuró.

—Concéntrate —dijo Sara, dándole el paquete.

—Sujeta esto mientras busco un lugar en la fila.

Pasaron las horas. La fila avanzaba lentamente. Demasiado lentamente. Aynara se aburría, se impacientaba, se aburría de nuevo.

—Mamá, voy a estirar las piernas —dijo finalmente.

—No te alejes.

—Solo un poco.

Aynara se separó de su madre y comenzó a caminar por los pasillos del palacio. La arquitectura era asombrosa. Techos altos, columnas de piedra, tapices que contaban historias antiguas. Tocó las paredes, siguió la curva de los pasillos, se perdió en la majestuosidad del lugar.

Como una niña curiosa, siguió adelante. Un pasillo la llevó a otro. Otro la llevó a una puerta entreabierta. Miró dentro. Una biblioteca enorme. Libros que parecían antiguos. No pudo resistirse.

Entró.

Pasó los dedos por los lomos de los libros. Algunos estaban escritos en idiomas que no reconoció. Otros tenían ilustraciones de criaturas que nunca había visto. Estaba tan absorta que no escuchó los pasos.

—¿Qué haces aquí?

La voz era la más grave y escalofriante que había escuchado en su vida. Profunda. Cortante. Helada.

Aynara se giró lentamente.

Y lo vio.

El hombre más grande e imponente que había visto en su vida. Debía medir más de dos metros. Cabello negro como la noche. Ojos del color del oro fundido, brillantes, penetrantes. Hombros anchos que parecían capaces de cargar montañas. Cintura estrecha. Piernas largas y fuertes.

La miraba como se mira a un gusano.

—¿Quién te ha dejado pasar, humana? —preguntó, dando un paso hacia ella.

Aynara sintió algo que nunca había sentido. Una presión en el pecho. Una energía abrumadora que la obligaba a postrarse. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Sus rodillas se doblaron. Cayó al suelo, arrodillada.

—Ma... majestad —tartamudeó, sin saber cómo sabía que ese era el tratamiento correcto.

—Lo lamento mucho. Me perdí.

Mantuvo la vista baja. No podía levantar los ojos. Algo se lo impedía.

—¿Perdida? —la voz del rey sonó escéptica.

—¿En mis pasillos privados?

—Solo quería ver los libros —se excusó ella, la voz temblorosa.

—No sabía que era privado. Lo juro.

Silencio.

Aynara sintió que el rey se movía a su alrededor. Podía percibir su presencia como una presión física.

—Eres humana —dijo él finalmente. No era una pregunta.

—Sí, majestad.

—¿Y qué hace una humana sola en mis pasillos?

—Vine con mi madre —explicó Aynara rápidamente.

—A entregar un regalo. Para usted. Nos separamos y yo... yo me distraje.

Otro silencio. Más largo.

—Levanta la vista.

Aynara obedeció. Sus ojos verdes se encontraron con los dorados. Por un instante, sintió que se ahogaba. Que aquellos ojos la atravesaban, la escudriñaban, la conocían.

—Interesante —murmuró el rey, casi para sí mismo.

—¿M-majestad?

—Regresa al salón, humana —ordenó, dando media vuelta.

—No vaya a ser que te conviertas en el aperitivo de alguien.

Aynara lo vio irse. Su corazón latía a mil por hora. Mil. Dos mil. No podía controlarlo.

Cuando desapareció por el pasillo, se dio golpecitos en el pecho.

—Qué miedo —susurró—. Qué… qué miedo.

Pero no podía negarlo. El rey era impresionante. Guapo. Joven.

—Debe tener unos treinta —murmuró como una tonta, aún de rodillas en el suelo.

—Tal vez treinta y dos.

—Treinta y dos —la voz del rey resonó desde algún lugar del pasillo, mucho más fuerte, como si estuviera justo a su lado.

—Y vuelve al salón. Ahora.

Aynara chilló. Literalmente chilló. Se levantó de un salto y corrió como un conejo asustado por el pasillo, sin mirar atrás, sin detenerse, sin respirar hasta que encontró a su madre en la fila.

Fin del Flash Back

Ahora que los ve de nuevo realmente entiende por qué son superiores a todos.

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