Mundo ficciónIniciar sesiónLa despedida de su familia fue aún más dolorosa.
Cuando Aynara llegó a la casa de sus padres, escoltada por los dos lobos que no la perdían de vista, encontró a su madre con los ojos enrojecidos de llorar. Su padre tenía el rostro pétreo, como tallado en piedra. Sus hermanos mellizos estaban allí también. En sus miradas, Aynara leyó la misma impotencia que sentía ella.
—Mamá —dijo Aynara, abrazándola.
Su madre la abrazó con desesperación.
—Hija mía —susurró entre sollozos, acariciando su cabello.
—Mi niña pequeña. ¿Cómo pudieron hacernos esto?
—No lo sé, mamá. No lo sé.
Su padre se acercó con pasos lentos. Por un momento, Aynara vio al hombre que la había cargado de pequeña. El que le había enseñado a leer las estrellas y a encontrar el camino en el bosque.
Pero cuando habló, su voz era la de un lobo que sabe cuándo está vencido.
—Es la orden del Alfa —dijo. Las palabras le quemaron la lengua, Aynara lo sabía.
—No podemos hacer nada.
—Papá, por favor —suplicó Aynara.
—Dile algo. Eres su delta. Tienes influencia.
—No, hija. No tengo nada. La palabra del Alfa es ley. Tú lo sabes.
—¡Pero es Damián! ¡El hombre que me juró amor!
Su padre negó con la cabeza.
—Ya no es el hombre que conociste. Ahora es el Alfa. Y los Alfas toman decisiones que a veces duelen.
—Me duele más que me traten así —dijo Aynara, con lágrimas en los ojos.
Su hermano, uno de los mellizos, se acercó a ella.
—Hermana, si pudiera hacer algo...
—Lo sé —dijo Aynara, abrazándolo—. Lo sé.
Su otro hermano la abrazó también.
—Cuídate —susurró—. Donde sea que te lleven, cuídate.
Su madre se acercó nuevamente.
—¿Estás segura de que no quieres que hablemos con el Alfa? ¿Con Damián?
—Ya habló conmigo, mamá —dijo Aynara con amargura.
—Ya me dijo todo lo que tenía que decir.
—Pero...
—No hay peros, mamá. Se acabó.
No hubo promesas de visitas. No hubo planes de fuga. No hubo rebelión. Solo la sumisión de quien sabe que, en el mundo de las manadas, la palabra del Alfa es ley.
Aynara los abrazó uno por uno. Sintió en la frialdad de sus despedidas no falta de amor, sino el peso de una cadena que los ataba a todos.
Cuando salió de la casa, con Jorge y el Franco flanqueándola, supo que aquella sería la última vez que vería ese lugar.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó a Franco.
—A descansar —respondió él sin mirarla.
—Mañana será un día largo.
El viaje comenzó con el amanecer, como había ordenado Damián.
Aynara iba en el asiento trasero de un vehículo todoterreno. Jorge al volante. El delta a su lado. Ambos en silencio. Ambos con una rigidez en la mandíbula que ella interpretó como incomodidad por cumplir una orden desagradable.
No podía saber que la incomodidad no tenía nada que ver con escoltar a la amante despechada de su Alfa.
El paisaje transcurría ante sus ojos sin que ella realmente lo viera. Su mente estaba en otra parte. En el bebé. En el futuro incierto en esa casa apartada donde sería la amante oculta. La vergüenza secreta del Alfa. Las lágrimas habían cesado hacía rato, reemplazadas por un vacío inmenso.
El cambio en el terreno la alertó.
Dejaron el camino principal y se adentraron por una carretera secundaria. Cada vez más estrecha. Cada vez más descuidada. Aynara frunció el ceño, intentando recordar el mapa del territorio que su padre le había enseñado.
—¿Por qué vamos por aquí? —preguntó. Su voz aún rasposa de tanto llorar.
Jorge no respondió.
—Oye, te estoy hablando —insistió Aynara.
—Este no es el camino hacia el límite norte.
El delta tampoco respondió. Pero en el retrovisor, Aynara vio el intercambio de miradas entre ambos. Una comunicación silenciosa que heló la sangre en sus venas.
—¿Qué está pasando? —preguntó, enderezándose en el asiento.
—¡Llévenme de vuelta! ¡Esto no es lo acordado!
El Franco se volvió hacia ella. En sus ojos no había ni rastro de la incomodidad que ella había interpretado antes. Había otra cosa. Determinación. Y algo peor: la satisfacción de quien está a punto de cumplir una misión importante.
—Lo siento, humana —dijo. La palabra 'humana' sonó en su boca como el peor de los insultos.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—La Luna tiene otros planes para ti.
Aynara sintió que la sangre se helaba en sus venas.
—¿Selene? —preguntó—. ¿Ella los envió?
Jorge sonrió en el retrovisor.
—La Luna es muy generosa. Nos ha prometido una recompensa importante.
—¡Damián los matará cuando se entere! —exclamó Aynara.
—¿Damián? —el delta rió.
—El Alfa nunca lo sabrá. Para cuando pregunten, tú habrás desaparecido. Un accidente. Qué lamentable.
—¡No! —gritó Aynara.
—¡Por favor, tengo un bebé! ¡Estoy embarazada!
Los dos lobos se miraron. Por un instante, Aynara creyó ver duda en sus ojos.
—¿Embarazada? —preguntó Jorge.
—Sí —dijo ella rápidamente.
—Del Alfa. Llevo a su hijo. Si me hacen daño...
—Peor para ti —la interrumpió Franco.
—Eso lo hace aún más necesario. Si el Alfa tiene un hijo con una humana, será una debilidad. La Luna no lo permitirá.
—¡Son monstruos! —gritó Aynara.
—Somos leales —corrigió el delta.
—Leales a quien nos recompensa mejor.
No tuvo tiempo de procesar sus palabras.
Gorge giró el volante bruscamente. Sacó el vehículo de la carretera y lo adentró en el terreno accidentado. Ella gritó, aferrándose al asiento delantero mientras el coche saltaba y se sacudía. Los árboles pasaban como exhalaciones junto a las ventanillas.
—¡Ayuda! —gritó.
—¡Alguien, por favor!







