Mundo ficciónIniciar sesiónSus palabras se perdieron en el rugido del motor y el crujir de las ramas contra la carrocería.
Jorge apretó el acelerador a fondo y dirigió el vehículo hacia el borde del acantilado. Jorge y Franco saltaron.
Aynara vio el vacío abriéndose ante ellos. Vio el cielo y la tierra intercambiando sus lugares en un torbellino de vértigo.
—¡No! —fue lo último que gritó.
El impacto llegó como el fin del mundo.
El vehículo cayó, cayó, cayó. Girando sobre sí mismo en una pesadilla de metal retorcido y cristales que estallaban. Aynara sintió que su cuerpo era sacudido como un muñeco de trapo. Sintió el golpe de su cabeza contra algo. Sintió el dolor. Tanto dolor.
Luego, una paz repentina cuando todo se detuvo.
No supo cuánto tiempo pasó.
Cuando abrió los ojos, estaba entre los restos del vehículo. El cuerpo magullado y ensangrentado. Pero viva. Milagrosamente viva.
Miró a su alrededor entre los hierros retorcidos.
—Ayuda —susurró.
Nadie respondió.
Su mano fue instintivamente a su vientre. Allí, contra toda lógica, contra toda esperanza, sintió un tenue movimiento. El bebé seguía con ella.
—Vives —susurró, acariciándose el vientre.
—Aún vives.
Con fuerzas que no sabía que tenía, se arrastró entre los hierros retorcidos. Trepó por la ladera del barranco con las uñas destrozadas y los músculos ardiendo. Salió de aquel infierno.
Caminó. O más bien se arrastró. Durante horas. Sin rumbo. Sin dirección. Solo guiada por el instinto de supervivencia y por ese pequeño ser que crecía dentro de ella y le exigía vivir.
Cuando por fin vio las luces de la ciudad al fondo, cuando sus pies tocaron el asfalto y sus oídos percibieron el ruido de los coches, de la civilización, de la vida que continuaba ajena a su drama, Aynara supo que había cruzado un umbral del que no podría regresar.
Elena casi no la reconoció.
Cuando abrió la puerta de su pequeño apartamento y vio a esa figura demacrada, cubierta de sangre seca y magulladuras, con la ropa hecha jirones y los ojos hundidos en ojeras que parecían abismos, por un instante pensó que era un fantasma.
Luego, el reconocimiento llegó como un latigazo.
—¡Aynara! ¡Dios mío, Aynara!
—Elena... —susurró Aynara, tambaleándose.
—¡Entra, entra! —Elena la sostuvo, ayudándola a pasar.
—¿Qué te pasó? ¿Quién te hizo esto?
—No puedo... no puedo explicar ahora...
—Siéntate —Elena la depositó con cuidado en el sofá.
—Voy a llamar a una ambulancia.
—No —Aynara la tomó del brazo.
—No llames a nadie. No puedo... no pueden saber que estoy viva.
—¿De qué hablas? ¡Estás herida! ¡Sangras!
—Por favor, Elena. Confía en mí.
Elena la miró un momento, luego asintió.
—Está bien. Pero tienes que decirme qué pasó.
—Después —Aynara cerró los ojos.
—Después te cuento.
En el hospital, los médicos hicieron cuanto pudieron. Curaron sus heridas. Vendaron sus fracturas. Le dijeron que había sido un milagro que sobreviviera.
Las facturas, sin embargo, comenzaron a acumularse como una montaña imposible de escalar.
—No te preocupes —decía Elena cada vez que Aynara preguntaba.
—Ya encontraremos la forma.
—Elena, no tienes por qué hacer esto —dijo Aynara una tarde, aún en la cama del hospital.
—Ya has gastado demasiado.
—Eres mi amiga —respondió Elena—. No te voy a dejar sola.
—Pero el dinero...
—No pienses en eso ahora. Solo preocúpate por mejorar.
Pero Elena sí pensaba en eso. Trabajaba en una pequeña tienda y apenas llegaba a fin de mes. Veía cómo los ceros se multiplicaban en los papeles que le entregaban. Cómo su amiga necesitaba más cuidados, más medicamentos, más tiempo.
No sabía qué hacer. No tenía a quién recurrir.
Entonces, en medio de la desesperación, recordó algo que había sucedido meses atrás.
Unos seres extraños. Unos licántropos de aspecto majestuoso que irradiaban un poder que nada tenía que ver con los lobos de la manada de Damián. La habían contactado. Preguntaban por Aynara. Preguntaban por la fecha de su nacimiento, por las circunstancias de su llegada al mundo. Por algo especial.
En ese momento, Elena los había despachado con evasivas. Asustada por su presencia. Por sus ojos antiguos. Por el aura de realeza que los envolvía.
Pero ahora, con su amiga al borde de la muerte y las deudas ahogándolas, no le quedaba otro remedio que recurrir a ellos.
Salió del hospital y fue a una cabina telefónica. Marcó un número que había guardado, sin saber si aún funcionaba.
—¿Sí? —respondió una voz profunda al otro lado.
—Busco a los licántropos —dijo Elena, con voz temblorosa.
—Los que preguntaron por Aynara hace meses.
—¿Quién eres?
—Soy su amiga. Elena. Ella... ella necesita ayuda.
No tuvo que esperar mucho.
Esa misma noche, llegaron al hospital. Eran altos, elegantes, con una belleza que dolía mirar. Pagaron todas las facturas sin pestañear. Dispensaron cuidados que ningún médico humano podría haber proporcionado.







