Capítulo 2 El encuentro

Aynara permanecía en el claro cuando el sonido de pisadas pesadas rompió el silencio del bosque. Antes de que pudiera reaccionar, dos figuras enormes emergieron de entre los árboles y la rodearon.

Eran el nuevo beta Jorge y el nuevo delta Franco de Damián. Expresión adusta. Mirada impenetrable. No esperaron a que protestara. La tomaron por los brazos.

—¡Suéltenme! —gritó Aynara, forcejeando—. ¿Qué hacen?

—Cállate, humana —Jorge—. El Alfa quiere verte.

Su fuerza humana no era rival. La arrastraron sin miramientos por el mismo camino que había recorrido huyendo. De vuelta al lugar del que había escapado.

Pero no la llevaron al Gran Salón. La condujeron a un ala apartada de la casa principal. Una habitación solitaria. La puerta se cerró con un golpe seco. Los dos lobos se apostaron a ambos lados como centinelas.

Aynara recorrió la estancia con la mirada. Sus ojos se posaron en la figura que la esperaba de pie junto a la ventana.

Damián.

Una chispa de esperanza iluminó su pecho. Tal vez todo había sido un error. Tal vez había venido a explicarle. A decirle que aquella presentación había sido un compromiso político. A decirle que ella seguía siendo su verdadero amor.

Dio un paso hacia él, con los labios entreabiertos para hablar. Para contarle lo del bebé. Para gritarle que tenían un hijo en camino.

Él levantó una mano. La detuvo en seco.

Cuando habló, su voz carecía de toda la calidez que Aynara recordaba. Era la voz del Alfa. Fría. Distante. Calculadora.

—No puedo tenerte aquí —dijo sin preámbulos, sin mirarla directamente a los ojos.

Aynara parpadeó.

—¿Qué? Damián, soy yo. Aynara. ¿Qué estás diciendo?

—Selene es la Luna que la manada necesita —continuó él, como si no la hubiera escuchado.

—Es de sangre pura, de alta alcurnia. Tiene el linaje y la formación que una verdadera Luna debe tener.

—¿De qué hablas? —Aynara sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—Ayer mismo me dijiste que me amabas. ¡Ayer!

—Su presencia a mi lado fortalecerá mi posición como Alfa —dijo Damián, aún sin mirarla.

—Garantizará el respeto de las manadas vecinas.

—¡Mírame cuando me hables! —exclamó Aynara.

Él levantó la vista. Por un instante, algo titubeó en su mirada. Dolor. O quizás solo el fantasma de un sentimiento ya extinto.

—Pero tú... tú eres mi amor. Lo sabes. Lo que hemos compartido no ha sido mentira.

—¿Entonces? —Aynara dio otro paso hacia él.

—Si no ha sido mentira, ¿qué está pasando?

—Por eso mismo —dijo Damián—, no puedo permitir que estés aquí, expuesta a las miradas, al juicio de la manada.

—No entiendo...

—Te llevaré a un lugar apartado —la interrumpió él.

—Una pequeña casa en el límite del territorio. Estarás tranquila y bien cuidada. Nadie te molestará allí.

Aynara frunció el ceño, intentando procesar sus palabras.

—¿Una casa? ¿En el límite del territorio? ¿Para qué?

Damián desvió la mirada nuevamente.

—Yo... yo iré a verte cuando pueda.

El horror se dibujó en el rostro de Aynara mientras las palabras de él iban cobrando forma en su mente.

Una amante oculta. Eso era lo que le ofrecía. Una vida en las sombras. Escondida como un sucio secreto. Mientras él posaba ante el mundo con su Luna de sangre pura.

—No —susurró al principio, incrédula.

—No. No puedes hacerme esto, Damián.

—Es lo mejor para ti.

—¿Lo mejor para mí? —su voz se quebró.

—¿Esconderme como si fuera una vergüenza? ¿Eso es lo mejor para mí?

—No digas eso.

—Yo no soy solo tu amante —las palabras se atropellaban en su boca.

—Yo soy...

Su mano fue instintivamente a su vientre. Pero algo la detuvo. Algo en la frialdad de sus ojos le dijo que no. Que ese no era el momento. Que revelar lo del bebé en esas circunstancias sería entregarle un arma para que la atara aún más a esa vida de sombras.

—Yo te amo —dijo en su lugar.

—Tú me amas. Eso tiene que significar algo.

Damián sostuvo su mirada por un largo instante. Aynara vio la lucha interna. El hombre que había conocido peleando contra el Alfa que ahora era.

El Alfa ganó. Siempre ganaba.

—Es por tu bien —mintió.

—Aquí estarías en peligro.

—¿Peligro? ¿De qué peligro hablas?

—Selene... Selene no es mala, pero su posición es clara. Y la manada no aceptaría a una humana como Luna. Sería tu condena. Esto es lo mejor para todos.

—¡No me importa la manada! —gritó Aynara.

—¡Me importas tú! ¡Me importa lo que sentimos!

El llanto comenzó a brotar de sus ojos sin que pudiera controlarlo.

Damián giró sobre sus talones y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez.

—Jorge y el Franco te llevarán mañana al amanecer. Ve a despedirte de tu familia. Será... lo mejor.

—¡Damián! —gritó ella.

—¡No hagas esto! ¡Por favor!

La puerta se cerró.

Aynara se quedó sola. Abrazada a sí misma. Meciéndose en el suelo de aquella habitación fría mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

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