Reyna Lycan LA DIOSA EN LA TIERRA
Reyna Lycan LA DIOSA EN LA TIERRA
Por: Adrianex Avila
Capítulo 1: La noticia

El amanecer encontró a Aynara frente al espejo de su pequeño apartamento. Sus manos temblaban mientras sostenía la prueba de embarazo. Dos líneas rojas. Positivo.

—Dios mío —susurró, llevándose una mano a la boca.

La vida crecía dentro de ella. Un secreto maravilloso que llevaba apenas unas horas y ya ardía por compartirlo. Salió de su casa con el corazón lleno de esa alegría ingenua que solo concede la ignorancia. Caminó hacia lo desconocido con la certeza absurda de que el amor todo lo puede.

Su teléfono sonó. Era Elena.

—¿Aynara? ¿Dónde estás? Hoy es la ceremonia.

—Lo sé. Voy para allá.

—¿Estás bien? Te noto rara.

Aynara sonrió, apretando el teléfono contra su oído.

—Estoy mejor que bien, Elena. Te cuento después. Te lo juro.

Colgó y siguió caminando. El sol comenzaba su declive cuando llegó al Gran Salón de la Manada Oscura. Las sombras se alargaban como presagios, pero ella no lo notó. Desde afuera, el bullicio de la celebración retumbaba como un latido colectivo.

—Mi noticia se sumará a la fiesta —murmuró para sí—. Será la guinda del pastel.

Dentro, cientos de lobos se congregaban. El momento más importante en la vida de una manada: el nombramiento oficial de su nuevo Alfa. Damián. El hombre que la había amado. El padre del hijo que crecía en su vientre.

Se abrió paso entre la multitud con delicadeza. Pequeña y humana entre tanta fuerza sobrenatural. Pero no importaba. Pronto todos sabrían que llevaba dentro al heredero del Alfa. Su mano derecha descansaba sobre su vientre, protegiendo el tesoro que aún nadie conocía.

Cuando logró ver el estrado, su corazón dio un vuelco.

Allí estaba él. Damián, erguido y poderoso. La luz de las antorchas bailaba sobre sus facciones, acentuando esa mezcla de fiereza y ternura que siempre la había cautivado. Lucía el manto ceremonial de los Alfas. Los lobos más ancianos le rendían pleitesía.

—Ya casi —susurró Aynara—. Pronto me verá.

El silencio cayó sobre la asamblea. Damián levantó la mano. Su voz, grave y segura, llenó cada rincón del salón.

—Agradezco a mis predecesores —dijo—. A los guerreros que me entrenaron. A la manada que deposita su confianza en mí.

Palabras formales. Hermosas. Vacías para Aynara, que solo esperaba tenerlo a solas.

Entonces, él hizo una pausa.

—Hoy, este nuevo camino no lo empiezo solo.

Una oleada de susurros recorrió la multitud. Aynara contuvo el aliento. Su mano apretó el vientre con fuerza.

—Iba a anunciarme —pensó.

—Va a presentarme como su Luna.

Damián extendió la mano hacia un lado del estrado.

Del otro lado, como salida de las sombras, emergió Selene Plata. Su melena rubia resplandecía como un halo dorado. Su vestido, tan fino y elegante, parecía tejido con la luz de la luna. Caminó hacia Damián con la seguridad de quien sabe que ese lugar le pertenece.

Él tomó su mano.

—Selene —dijo, mirándola con devoción—. Mi Luna.

El mundo de Aynara se detuvo.

Los aplausos y vítores llegaron a sus oídos como un rumor lejano. Una campana de cristal la aisló del mundo. Sintió cómo la sangre abandonaba su rostro. Cómo sus piernas se volvían de gelatina. Un temblor incontrolable se apoderó de su cuerpo.

—Amante —susurró.

—Solo soy su amante.

Pálida como la luna que acababan de nombrar, se aferró a la pared para no derrumbarse.

Desde el estrado, Selene desvió sus ojos azules hacia la multitud. Encontró los de Aynara. Sostuvo su mirada. En sus labios se dibujó una sonrisa sutil. Aynara reconoció en ella la satisfacción de la victoria.

Entonces, Damián también la vio.

Sus ojos se encontraron a través del mar de cuerpos. Por una fracción de segundo eterna, Aynara vio algo en su mirada. ¿Sorpresa? ¿Dolor? ¿Reconocimiento de un error?

Selene se giró hacia él. Posó una mano posesiva sobre su pecho.

—Damián, mi amor —dijo con voz melosa—. Los ancianos esperan para felicitarnos.

La máscara del Alfa volvió a caer sobre su rostro. Él desvió la mirada.

La esperanza de Aynara se desvaneció.

No pudo soportarlo más. Dio media vuelta y huyó. Empujó cuerpos, esquivó miradas. Necesitaba aire que no estuviera viciado por el olor de la traición. Salió del Gran Salón como alma que lleva el diablo y corrió hacia el bosque. Hacia la oscuridad.

Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero se negó a llorar allí. No les daría el espectáculo de su dolor.

Corrió hasta que sus pulmones ardieron. Hasta que sus piernas amenazaron con fallar. Entonces, un pensamiento se abrió paso entre el torbellino de emociones.

La conexión.

Ese lazo inexplicable que siempre había sentido. Esa sensación de completitud cuando estaban juntos. Esa certeza absurda de que sus almas se reconocían. No era imaginación suya. No podía serlo.

Recordó las palabras de su padre, el delta poderoso. En una conversación nocturna, cuando ella era una adolescente confundida por no haber heredado la bestia interior, él le había hablado del vínculo de pareja.

—La Luna no se equivoca —le había dicho.

—Ella elige a las almas gemelas, a los destinados a complementarse. Cuando dos almas están unidas por ese lazo, nada ni nadie puede romperlo. Pueden ignorarlo, negarlo, incluso alejarse, pero siempre estará ahí. Tirando. Reclamando lo que es suyo.

Aynara se detuvo en un claro bañado por la luz de la verdadera luna. Jadeante, con las manos apoyadas en las rodillas, sintió algo que no había notado en medio del caos.

Esa tirantez en el pecho. Ese hilo invisible que la conectaba con Damián a pesar de la distancia. No se había roto. Al contrario, en ese momento de desesperación, tiraba de ella con más fuerza que nunca. Como si el lazo mismo estuviera dolido, confundido, reclamando lo que le pertenecía.

—¿Y si...? —susurró.

¿Y si la conexión no era solo producto del amor? ¿Y si ese lazo especial era el vínculo de pareja del que hablaba su padre? ¿Y si la Luna, en su infinita sabiduría, la había destinado a él a pesar de su sangre humana? ¿Y si ella, Aynara, la hija de la humana, la hermana de los lobos, la simple amante, era en realidad la verdadera compañera elegida de Damián?

La pregunta flotó en el aire nocturno, mezclándose con el aroma de los pinos y el eco lejano de la celebración. Aynara levantó la vista hacia la luna llena. Por primera vez desde que huyó del Gran Salón, sus lágrimas no fueron de dolor, sino de determinación.

—Si algo me ha enseñado la vida como humana en un mundo de lobos —dijo—, es a luchar por lo que quiero.

Lo que su alma reclamaba con una fuerza que ninguna Selene podría igualar era a Damián.

El bebé en su vientre dio una pequeña patada. Como si también él, desde su diminuta existencia, supiera que la batalla apenas comenzaba.

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