Cap. Capítulo 6 El despertar

Y cuando Aynara, aún débil, aún convaleciente, pudo por fin sentarse en la cama, entraron a su habitación.

—Aynara —dijo el que parecía el líder—. Sabemos quién eres.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó ella, recelosa.

—Somos los licántropos. Los elegidos de la Diosa Luna.

—¿Y qué quieren de mí?

—Tú eres especial —dijo él—. Desde el día de tu nacimiento, hubo señales. La Diosa Luna marcó tu llegada al mundo con un designio.

—No entiendo.

—Eres humana, sí. Pero hay algo en tu sangre, en tu espíritu, que te hace diferente. Eres el recipiente perfecto.

—¿El recipiente para qué?

—Para un espíritu antiguo. Un espíritu de Lycan. El más poderoso de los nuestros, dormido durante milenios, esperando el momento adecuado. El cuerpo adecuado. El alma adecuada para despertar.

Aynara los miró, sin saber qué pensar.

—Si aceptas —continuó el licántropo—, ese espíritu habitará en ti. Te dará fuerzas que nunca imaginaste. Te protegerá a ti y al hijo que llevas dentro.

—¿Mi hijo? —Aynara se llevó una mano al vientre—. ¿Saben lo de mi hijo?

—Lo sabemos todo.

—Pero a cambio —intervino otro—, tú te convertirás en una de nosotros. Pasarás a formar parte de la manada real, bajo la protección directa de la realeza licántropa.

—Ya no serás la humana despreciada por los lobos de sangre impura —añadió el líder—. Serás algo más. Algo que ellos ni siquiera pueden imaginar.

Aynara los miró con sus ojos verdes, aún doloridos, aún llenos de las sombras de la traición. Luego miró a Elena, que la observaba desde el rincón con una mezcla de esperanza y temor.

Finalmente, sus manos buscaron su vientre. Ese vientre que milagrosamente seguía albergando la vida que Damián, sin saberlo, había sembrado en ella.

—Si acepto —dijo lentamente—, ¿qué pasará con mi hijo?

—Será licántropo —respondió el líder—. El primero nacido de una humana portadora del Gran Espíritu. Será poderoso. Será respetado. Será uno de nosotros.

—Y Damián...

—Damián —el líder sonrió con desdén—. Ese lobezno que te traicionó. No volverá a hacerte daño. Ninguno de ellos podrá.

Aynara guardó silencio por un largo momento.

—Acepto —dijo finalmente.

Y en ese momento, el mundo cambió para siempre.

La habitación del hospital se llenó de una energía distinta cuando la bruja del aquelarre cruzó el umbral.

No era una mujer cualquiera. Sus ojos parecían contener siglos de sabiduría. Sus manos, cubiertas de símbolos tatuados que brillaban con tenue luz propia, sostenían un cuenco de obsidiana del que emanaba un humo espeso y fragante.

Aynara, aún débil por las heridas pero con una determinación recién nacida ardiendo en su pecho, la observó acercarse sin miedo.

—¿Estás lista? —preguntó la bruja. Su voz era como el crujir de hojas secas.

—Sí —respondió Aynara.

Los licántropos reales se apostaron alrededor de la cama como centinelas de otra época. Elena fue conducida suavemente hacia un rincón.

—Quédate aquí —le dijo uno de ellos—. Solo observa.

—¿Le pasará algo malo? —preguntó Elena, nerviosa.

—No temas. Saldrá fortalecida.

La bruja comenzó a entonar palabras en una lengua que Aynara no reconoció. Un idioma anterior a los hombres. Anterior quizás a los mismos lobos. Un lenguaje que vibraba en el aire y hacía temblar los objetos a su alrededor.

—Concéntrate en mi voz —dijo la bruja—. No te resistas.

—No lo haré.

La bruja vertió el contenido del cuenco sobre el pecho de Aynara. El líquido, que parecía hecho de luz líquida y sombras danzantes, se filtró a través de su piel sin dejar rastro.

Por un instante, todo fue negro.

Luego, un dolor inmenso. Pero no un dolor físico. Algo más profundo. Más antiguo. Como si cada fibra de su ser fuera desgarrada y tejida de nuevo con hilos diferentes.

Aynara gritó.

—¡Aynara! —gritó Elena desde el rincón, intentando acercarse.

—¡Quieta! —la detuvo un licántropo—. No interfieras.

El dolor cesó tan repentinamente como había comenzado.

Y entonces, la paz.

Cuando Aynara abrió los ojos, el mundo ya no era el mismo.

Veía colores que antes no existían. Escuchaba susurros en el viento que antes le eran inaccesibles. Y en lo más profundo de su alma, enredada con la suya como una hiedra antigua y poderosa, sentía la presencia de otro ser.

—¿Lo sientes? —preguntó la bruja, inclinándose sobre ella—. ¿Sientes al Gran Espíritu?

—Sí —susurró Aynara—. Está aquí. Conmigo.

No era una voz. No era una personalidad que le hablara. Era una conciencia paralela. Una fuerza dormida pero inmensa que latía al unísono con su propio corazón.

El Gran Espíritu Lycan había encontrado su hogar.

Se miró las manos. Ya no vio las marcas de las heridas. Su cuerpo, antes maltrecho y dolorido, ahora irradiaba una energía que la hacía sentir capaz de cualquier cosa. Se incorporó en la cama sin esfuerzo.

—¿Cómo te sientes? —preguntó la bruja.

—Diferente —respondió Aynara—. Me siento... fuerte.

Entonces sintió algo más: el bebé en su vientre. Pero ya no era el mismo. Podía percibirlo con una claridad sobrecogedora. Podía sentir su esencia. Lo que antes era un cachorro de lobo

Aynara estaba viva. Pero algo en su mirada había cambiado. Algo profundo y dorado brillaba en sus ojos verdes, donde antes solo había desesperación.

La bruja que había realizado el ritual, Laesha, permanecía de pie junto a la cama, observando a Aynara con sus ojos velados. El cuenco de obsidiana humeaba aún en sus manos.

—Ya está —dijo con voz serena—. El Gran Espíritu ha encontrado su hogar.

Elena, desde el rincón, se atrevió a acercarse.

—¿Aynara? ¿Estás bien?

—Estoy… —Aynara se miró las manos, las movió, sintió la energía que recorría su cuerpo—. Estoy mejor que nunca.

La puerta se abrió. Una mujer entró en la habitación.

Era alta, de una belleza sobrecogedora. Su cabello, del mismo negro azabache que el de Bóreas, caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Sus ojos, dorados como los del rey, brillaban con una inteligencia antigua. Vestía con una elegancia sencilla pero imponente.

A su paso, los licántropos que custodiaban la habitación inclinaron la cabeza.

—Madre Luna —murmuraron al unísono.

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