Mundo ficciónIniciar sesiónEmily Hunt juró no volver jamás al mundo de Caleb Roosevelt: un imperio construido sobre poder y secretos que ella se negó a aceptar. Pero el pasado no se olvida… y los hombres como Caleb no perdonan. Años después de rechazarlo, Emily es secuestrada y llevada a una mansión aislada donde descubre la verdad más devastadora: está embarazada de él. No fue un accidente. Fue un plan. Una venganza cuidadosamente ejecutada para atarla para siempre al hombre al que intentó dejar atrás. Prisionera en una jaula de lujo, rodeada por el oscuro imperio criminal que Caleb domina sin piedad, Emily deberá decidir hasta dónde está dispuesta a luchar por su libertad y por el hijo que crece en su vientre. Entre odio, deseo y una obsesión que arde bajo la piel, la línea entre captor y salvador comienza a desdibujarse. En un juego donde el poder se impone y la pasión se alimenta del peligro, Emily y Caleb tendrán que elegir: destruirse mutuamente… o rendirse a la verdad que los consume desde el principio.
Leer másLa última cosa que Emily Hunt recordaba con claridad era el olor a lluvia sobre el asfalto.
La tormenta había comenzado sin aviso, una lluvia fina y persistente que dejaba el aire impregnado de humedad y electricidad. Recordaba el brillo anaranjado de la farola frente a la clínica, el reflejo de su silueta en el pavimento mojado, la carpeta con los resultados apretada contra su pecho. Recordaba pensar que, por primera vez en años, estaba haciendo algo solo para ella. Luego, pasos detrás. Un dolor agudo y punzante en la nuca. Un paño áspero presionado contra su rostro. Un dulzor químico que invadió sus pulmones. Oscuridad. No fue un desmayo suave. Fue una caída abrupta, como si alguien hubiera cortado el hilo que la sostenía al mundo. El despertar fue peor. El dolor en sus sienes no era un simple martilleo; era un latido violento que parecía provenir de cada rincón de su cráneo. Sintió frío en la espalda. No el frío del asfalto mojado, sino uno seco, contenido. Frío artificial. Abrió los ojos con lentitud, como si temiera que el movimiento pudiera romper algo dentro de ella. Seda. Seda negra, lisa y helada bajo sus dedos. Parpadeó varias veces. El techo era alto, excesivamente alto, con molduras barrocas que se perdían en la penumbra. Una lámpara de cristal oscuro colgaba en el centro, proyectando destellos rojizos que daban a la habitación un aire casi ceremonial. No era su apartamento. No era un hospital. No era ningún lugar que conociera. Se incorporó con un gemido bajo. El mundo giró violentamente y tuvo que apoyar una mano en el colchón para no desplomarse. La habitación era enorme, lujosa en una forma que no invitaba al confort sino a la intimidación. Tonos de ébano, granate profundo y oro envejecido. Cortinas pesadas cubrían lo que deberían ser ventanas, pero no dejaban filtrar ni una sola línea de luz natural. No había ventanas visibles. Solo una puerta maciza de roble con herrajes de hierro oscuro. El silencio era denso. —Ya estás despierta. La voz rompió el aire como una grieta en el cristal. Grave. Controlada. Familiar. Emily giró la cabeza bruscamente, ignorando el dolor que le punzó la nuca. Su corazón golpeó sus costillas con violencia, como si quisiera escapar antes que ella. Allí, sentado en un sillón de cuero oscuro, con las piernas cruzadas y una copa de brandy descansando entre sus dedos, estaba él. Caleb Roosevelt. El tiempo no lo había suavizado. Lo había perfeccionado. Su cabello negro estaba peinado con precisión impecable. Su mandíbula, más definida que la última vez que lo vio. Los ojos… esos ojos del color del whisky añejo que alguna vez la habían mirado con deseo ardiente, ahora eran dos fragmentos de ámbar congelado. La elegante chaqueta de sport sobre un polo negro no lograba ocultar la potencia física que emanaba de él. No era solo su cuerpo; era su presencia. Llenaba el espacio. Lo reclamaba. —¿Caleb? —su voz salió rota, áspera—. ¿Qué… qué es esto? Él no respondió de inmediato. Le dio un sorbo lento al brandy. El sonido del líquido contra el cristal fue obscenamente claro en la quietud de la habitación. La observaba por encima del borde de la copa como si estuviera evaluando una adquisición. El silencio era más aterrador que un grito. —Dos años —dijo al fin, dejando la copa sobre la mesita con un golpe seco que resonó en el mármol del suelo—. Dos años desde que me hiciste el ridículo más grande de mi vida. Emily sintió que el recuerdo se abría paso contra su voluntad. El salón lleno de invitados. La prensa. Su propuesta. El anillo. Su negativa. —Dos años desde que rechazaste mi nombre, mi imperio… mi protección —continuó él, levantándose con una lentitud calculada—. Te fuiste con la cabeza alta, ¿recuerdas? Como si fueras moralmente superior. Emily tragó saliva. El miedo inicial comenzó a transformarse en algo más firme. Indignación. Rabia. —Me liberé —susurró, pero su voz ganó fuerza—. No quería esa vida. No quería vivir rodeada de hombres armados y secretos. No te quería a ti. La sonrisa que curvó los labios de Caleb no tenía humor. Era peligrosa. —Qué discurso tan noble. Siempre fuiste buena interpretando el papel de la heroína. Caminó hacia ella. Cada paso era deliberado. Seguro. El sonido de sus zapatos sobre el suelo marcaba un ritmo implacable. Emily retrocedió instintivamente sobre la cama. —Pero el universo —prosiguió él— tiene una forma curiosa de equilibrar las cosas. O tal vez no sea el universo. Tal vez solo sea yo. Se detuvo a pocos metros. —Porque ahora estás aquí. Y llevas algo mío. La frase no tuvo sentido al principio. La mente de ella aún estaba aturdida. —No entiendo de qué hablas. Los ojos de Caleb descendieron lentamente hacia su abdomen. Un gesto sutil. Suficiente. —La inseminación —dijo con frialdad quirúrgica. El aire se volvió irrespirable. —Hace tres meses. En esa clínica exclusiva donde decidiste que no necesitabas a ningún hombre para formar una familia. El donante anónimo perfecto. Saludable. Con un historial genético impecable. Coeficiente intelectual superior. Su sangre se congeló. —No… —Expediente D-7824 —continuó él—. Mi material genético. Comprado. Sustituido. Implantado. —Cada palabra era un golpe. —Sin tu preciado consentimiento. El mundo perdió estabilidad. —Eso es imposible —murmuró ella, sacudiendo la cabeza—. Eso es ilegal. —El mundo funciona de manera diferente cuando tienes suficiente dinero. Se acercó hasta el borde de la cama. Emily sintió su presencia como una sombra física. —Estás embarazada, Emily. —La sentencia cayó pesada, irrevocable. —De mi hijo. Un sonido desgarrado escapó de su garganta. —¡No! Retrocedió hasta chocar contra la cabecera de hierro forjado. Las náuseas la invadieron. No era el gas. No era el mareo, era horror. Recordó el retraso. El cansancio. La leve sospecha que había decidido ignorar hasta hacerse la prueba definitiva esa misma semana. —¡Es una mentira! Caleb la observó con una calma escalofriante. —Mañana te harán un examen aquí. Confirmaremos lo evidente. “Aquí”. La palabra la golpeó con fuerza renovada. —¿Dónde estoy? —En una de mis propiedades privadas. Eso no era una respuesta. —¿En qué ciudad? Una leve inclinación de cabeza. —Eso ya no es relevante para ti. El significado se asentó lentamente. Estaba aislada. Desconectada. Invisible. El corazón comenzó a latirle en los oídos. Caleb apoyó una mano en el colchón, cerca de su pierna, sin tocarla. —Vas a tenerlo —dijo con una serenidad que resultaba más cruel que cualquier amenaza explícita—. Vas a dar a luz. Y cuando el niño esté sano y en mis brazos, desaparecerás. —¿Desapareceré? —Te compensaré generosamente por tus servicios. La palabra la atravesó. "Servicios". Como si fuera un recipiente. Un contrato biológico. —Esa es la única razón por la que sigues respirando —añadió con suavidad mortal. El miedo volvió, pero no la paralizó. Lo transformó. Emily apretó los puños sobre la seda negra. —Jamás. —La palabra salió clara.—Jamás renunciaré a mi bebé. La sonrisa de Caleb se desvaneció. Algo cambió en sus ojos. Algo primitivo. —No es tu bebé. —Está dentro de mí —replicó ella, con una firmeza que ni ella sabía que poseía—. Eso lo hace mío. Durante un segundo, el aire vibró entre ellos. Había algo más allí. No solo odio. No solo venganza. Una tensión antigua no resuelta. Él la miró como si estuviera reevaluando una variable. —Sigues siendo desafiante —murmuró—. Eso fue lo que me atrajo la primera vez. El recuerdo de sus manos en su cintura, de sus besos ardientes, la golpeó con una mezcla dolorosa de repulsión y traición. —No me mires así —espetó ella. —¿Así cómo? —Como si todavía tuvieras algún derecho sobre mí. Una chispa peligrosa cruzó su expresión. —Siempre lo tendré. Ella sintió la amenaza en esas tres palabras, pero también sintió algo más: obsesión. Caleb se enderezó. —Descansa. Te conviene mantenerte fuerte. —No voy a quedarme aquí. —No tienes alternativa. Se dirigió hacia la puerta. —Caleb —lo llamó, no por súplica sino por desafío. Él se detuvo, sin girarse.— Subestimas lo que soy capaz de hacer. Lentamente, él volvió el rostro. —No —respondió con voz baja—. Tú eres quien me subestimó a mí. La puerta se abrió. Antes de cruzarla, añadió: —Bienvenida a tu nueva vida, Emily. El sonido del cerrojo al cerrarse resonó como un disparo. Silencio. Ella permaneció inmóvil unos segundos. Luego el temblor comenzó. No era debilidad. Era la magnitud de lo que acababa de ocurrir asentándose en su cuerpo. Bajó la mirada hacia su abdomen. Apenas había cambios visibles, pero ahora cada latido parecía amplificado. Una vida. Su hijo. No el heredero de Caleb, no una pieza en su imperio. Su hijo. Las lágrimas llegaron, silenciosas pero ardientes. No por ella, sino por lo que vendría. Se deslizó fuera de la cama con cautela. Sus piernas aún estaban inestables, pero la determinación comenzaba a reemplazar el pánico. Caminó hasta la puerta. Giró el picaporte. Cerrado. Apoyó la frente contra la madera fría. Podía oír pasos al otro lado. Vigilancia. Bien. Que vigilaran. Se apartó lentamente. Si Caleb creía que la había traído allí para convertirla en un simple vientre alquilado… si pensaba que la rompería con aislamiento y miedo… No la conocía. No realmente. Emily Hunt había sobrevivido a perder a sus padres jóvenes. A construir su carrera desde cero. A caminar sola lejos del hombre más poderoso que había amado. Y ahora estaba embarazada. Eso lo cambiaba todo. Ya no era solo su libertad. Era supervivencia. Era guerra. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y volvió hacia la cama, pero ya no como prisionera aturdida, sino como estratega. Caleb Roosevelt había iniciado una partida y cometió un error fatal. Creyó que ella jugaría según sus reglas. Mientras apoyaba ambas manos sobre su vientre, una certeza ardiente se instaló en su pecho: Podía estar encerrada. Podía estar sola. Pero una madre no necesita puertas abiertas para pelear. Y Caleb estaba a punto de descubrirlo.Los días comenzaron a organizarse como una coreografía impuesta.Desayuno. Pastillas. Caminata vigilada en el jardín de invierno. Almuerzo. Más pastillas. Cena.Siempre bajo observación.A veces Caleb la acompañaba en los paseos, con las manos en los bolsillos y el paso relajado, como si aquello fuera un idílico retiro en las montañas. Otras veces era Silvia, silenciosa como una sombra, siempre a un metro de distancia, siempre atenta. Emily había intentado iniciar conversación con ella una vez.No obtuvo respuesta.Nunca estaba sola. Ni siquiera en la ducha: sabía que había cámaras en los pasillos y guardias apostados tras las puertas cerradas.Nunca.Una semana después de su llegada, apareció una maleta nueva a los pies de su cama. No escuchó cuándo la dejaron allí. Eso fue lo que más la perturbó.Dentro había vestidos sueltos de algodón y lino, pantalones con cinturilla elástica, camisas amplias, ropa interior cómoda. Todo en tonos neutros: crema, azul marino, gris perla. Telas sua
La mañana llegó sin sol. No porque no existiera, sino porque Emily no podía verlo.Despertó después de apenas un par de horas de sueño fragmentado. La luz artificial seguía encendida en la habitación, regulada a una intensidad tenue que simulaba amanecer, pero el aire no cambiaba. No había sonidos de tráfico, ni pájaros, ni viento, solo el murmullo constante del sistema de ventilación.El mundo exterior podía estar a kilómetros… o a metros. No tenía forma de saberlo.Se incorporó lentamente. El mareo era leve esta vez. Más real. Más físico.Doce semanas.Se llevó la mano al vientre casi sin pensarlo.Un golpe seco en la puerta anunció la llegada de Silvia.La mujer entró con la misma precisión de siempre. Bandeja impecable. Desayuno perfectamente dispuesto. Pero esta vez había algo más.Un pequeño organizador transparente lleno de cápsulas y pastillas de distintos colores.—El señor Roosevelt ha contratado a un nutricionista —informó con tono neutro—. Se seguirá la dieta al pie de
El sueño no llegó.No fue por falta de agotamiento, sino por exceso de conciencia.Emily permaneció sentada en la cama, con la espalda recta y los sentidos tensos como hilos a punto de romperse. La seda negra bajo sus dedos ya no era fría; ahora parecía pegajosa, como si absorbiera su miedo. Cada crujido de la vieja estructura de la mansión se amplificaba en el silencio. El viento (si es que había viento) no podía oírse. No sabía siquiera si estaba cerca del mar, de un bosque o en medio de una ciudad.No había ventanas.Se levantó con cuidado, ignorando el ligero mareo, y recorrió la habitación por tercera vez. Corrió las pesadas cortinas de terciopelo granate. Solo pared. Sólida. Fría. Sin rendijas.La puerta lateral daba a un baño de mármol negro. El lujo era obsceno: grifería dorada, una bañera profunda, toallas gruesas perfectamente dobladas. Un espejo enorme devolvía su reflejo pálido.Se miró fijamente. Ojos dilatados. Cabello enredado. Una sombra de miedo que apenas lograba
La última cosa que Emily Hunt recordaba con claridad era el olor a lluvia sobre el asfalto.La tormenta había comenzado sin aviso, una lluvia fina y persistente que dejaba el aire impregnado de humedad y electricidad. Recordaba el brillo anaranjado de la farola frente a la clínica, el reflejo de su silueta en el pavimento mojado, la carpeta con los resultados apretada contra su pecho. Recordaba pensar que, por primera vez en años, estaba haciendo algo solo para ella.Luego, pasos detrás.Un dolor agudo y punzante en la nuca. Un paño áspero presionado contra su rostro. Un dulzor químico que invadió sus pulmones.Oscuridad.No fue un desmayo suave. Fue una caída abrupta, como si alguien hubiera cortado el hilo que la sostenía al mundo.El despertar fue peor.El dolor en sus sienes no era un simple martilleo; era un latido violento que parecía provenir de cada rincón de su cráneo. Sintió frío en la espalda. No el frío del asfalto mojado, sino uno seco, contenido. Frío artificial.Abrió
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