La confirmación

La mañana llegó sin sol. No porque no existiera, sino porque Emily no podía verlo.

Despertó después de apenas un par de horas de sueño fragmentado.

La luz artificial seguía encendida en la habitación, regulada a una intensidad tenue que simulaba amanecer, pero el aire no cambiaba.

No había sonidos de tráfico, ni pájaros, ni viento, solo el murmullo constante del sistema de ventilación.

El mundo exterior podía estar a kilómetros… o a metros. No tenía forma de saberlo.

Se incorporó lentamente. El mareo era leve esta vez. Más real. Más físico.

Doce semanas.

Se llevó la mano al vientre casi sin pensarlo.

Un golpe seco en la puerta anunció la llegada de Silvia.

La mujer entró con la misma precisión de siempre. Bandeja impecable. Desayuno perfectamente dispuesto. Pero esta vez había algo más.

Un pequeño organizador transparente lleno de cápsulas y pastillas de distintos colores.

—El señor Roosevelt ha contratado a un nutricionista —informó con tono neutro—. Se seguirá la dieta al pie de la letra.

Emily observó el surtido químico. Ácido fólico. Hierro. Vitaminas prenatales. Proteína en polvo.

Cada pastilla era un recordatorio de su falta de elección, pero también eran necesarias para el bebé.

Apretó los labios. Tomó una cápsula entre los dedos. Durante un segundo, la tentación de lanzarlas al suelo fue fuerte.

Pero no se trataba de orgullo. Se las llevó a la boca y bebió un largo sorbo de agua.

—Quiero hacer ejercicio —dijo después, sin levantar la mirada—. Caminar. El confinamiento prolongado no es saludable.

Silvia la observó. Sus ojos grises evaluaron más allá de la petición.

—Lo comentaré.

Emily no esperaba respuesta, pero la obtuvo.

Por la tarde, la puerta se abrió sin previo aviso. Caleb entró.

Esta vez vestía un dos piezas de sport oscuro que acentuaba la amplitud de sus hombros. Sin corbata. Sin formalidad excesiva. Como si estuviera en su territorio natural.

—Silvia dice que quieres estirar las piernas —dijo sin saludo.

No preguntó si estaba bien. No preguntó cómo se sentía.

—Sí.

—Ven.

Era una orden.

Emily lo siguió. El corazón le latía rápido, no por miedo inmediato sino por anticipación. Era la primera vez que salía de esa habitación.

La puerta principal se abrió. El pasillo era largo. Interminable.

Las paredes estaban revestidas de madera oscura, barnizada hasta el brillo. Una alfombra burgundy amortiguaba cada paso.

Las pinturas eran todas paisajes sombríos o retratos de hombres con expresiones severas. Ancestros, supuso. Rostros duros. Mandíbulas rígidas. Miradas calculadoras.

Una dinastía de hombres que no aceptaban un no por respuesta.

Caleb caminaba delante. Su espalda era una muralla.

No hablaba. El silencio entre ellos no era incómodo. Era cargado.

Bajaron por una escalera majestuosa de mármol negro.

El eco de sus pasos se perdió en el vacío de la planta baja. Cruzaron salones con muebles antiguos, sofás de cuero oscuro, bibliotecas que parecían no haber sido tocadas en años.

Todo era valioso. Nada era cálido. Era una casa que imponía respeto, no hogar.

Finalmente, atravesaron puertas dobles de cristal que daban a un atrio cubierto.

Un jardín de invierno.

El techo era completamente de vidrio, pero la estructura exterior impedía ver más allá del marco metálico. La luz que entraba era difusa. Artificialmente controlada.

Plantas exóticas crecían en macetas de cerámica italiana. Hojas grandes y brillantes. Orquídeas blancas. Un ficus enorme extendía sus ramas hacia arriba.

En el centro, una fuente de mármol murmuraba suavemente.

Por primera vez desde que despertó, Emily respiró aire que no olía a encierro.

—Puedes caminar aquí —indicó Caleb, deteniéndose junto a una columnata—. Veinte minutos. Siempre acompañada.

—¿Por ti?

—Por mí. O por Silvia.

La palabra acompañada sonó más como vigilada.

Emily comenzó a caminar despacio por el sendero de piedra que serpenteaba entre las plantas.

Sentía su mirada fija en su espalda.

—¿Soy una prisionera o una invitada? —preguntó sin girarse.

—Eres una posesión. —Sin rodeos.— Una con una función específica y temporal. Las posesiones valiosas se custodian.

Ella se detuvo.

—No soy un objeto.

—En este momento —replicó con calma—, tu utilidad está claramente definida.

Se volvió hacia él.

—Podrías haber esperado. Demandar custodia después del nacimiento. Con tu dinero, habrías ganado.

Caleb comenzó a caminar lentamente hacia ella.

—¿Y perder la oportunidad de tenerte aquí? —Su voz era baja. Casi íntima.—¿De recordarte cada día lo que rechazaste?

El aire pareció comprimirse entre ellos.

—El rechazo, Emily, —continuó él— es una ofensa que hombres como yo no olvidan. Se paga. Siempre se paga.

—¿Ah sí? —lo enfrentó—. ¿Manipulando una clínica? ¿Forzando un embarazo?

Un músculo se tensó en su mandíbula.

—No fue forzado. Fuiste tú quien decidió inseminarse.

—¡No con tu material!

—Eso fue un ajuste técnico.

El cinismo en su tono la hizo hervir.

—Es una violación.

Sus ojos se oscurecieron.

—En mi mundo, la legalidad es flexible.

—En tu mundo no existen límites.

—Los límites son para los débiles.

La cercanía era sofocante. Podía distinguir las pequeñas motas doradas en sus iris. La tensión vibraba como electricidad estática.

—Te despreciaste de mi familia —continuó él—. De mi apellido. De mi imperio. Me convertiste en un espectáculo.

Ella recordó aquella noche. El anillo. Las cámaras. Su negativa firme.

No fue humillación pública. Fue supervivencia.

—No iba a casarme con un hombre que resolvía problemas con violencia.

Una sombra cruzó su expresión.

—Eso no te detuvo cuando me amabas.

El golpe fue directo.

—No confundas deseo con ignorancia.

Caleb dio un paso más. Demasiado cerca.

—Nunca fuiste ignorante, Emily. Fuiste orgullosa.

—Y tú fuiste incapaz de aceptar un no.

Una sonrisa lenta, peligrosa, curvó sus labios.

—Eso es lo que más me atrajo de ti.

Antes de que pudiera reaccionar, alzó la mano.

Emily retrocedió instintivamente, pero él no la tocó. No al principio.

Sus dedos descendieron con deliberación hacia su vientre. Rozaron la tela de su blusa, apenas presionando la curva aún sutil.

El contacto fue leve, pero devastador. El mundo pareció reducirse a ese punto.

—Crece dentro de ti —murmuró.

No sonó vengativo. No sonó cruel. Sonó… reverente. Asombrado.

Una posesividad primaria, casi instintiva, vibró en su voz.

La respiración de Emily se volvió irregular. No por miedo, sino por la intensidad con la que él miraba ese lugar.

Como si ya perteneciera a otro plano. Como si ese hijo fuera una extensión directa de su poder.

Retiró la mano abruptamente, como si el gesto lo hubiera traicionado.

Su expresión volvió a endurecerse.

—El tiempo terminó. Regresa.

El trayecto de vuelta fue en silencio, pero no era el mismo silencio que antes.

Había algo nuevo entre ellos. Una conciencia biológica. Un vínculo imposible de negar.

Al llegar a la puerta de su habitación, Emily se detuvo.

—Esto no es justicia poética —dijo en voz baja—. Es miedo.

Caleb no respondió de inmediato.

—¿Miedo?

—Sí. Porque no soportaste que alguien eligiera irse.

Por un instante, algo auténtico brilló en sus ojos.

Algo que no era poder. Era herida. Desapareció tan rápido como apareció.

—No proyectes en mí tus debilidades.

La puerta se abrió. Ella cruzó el umbral.

Antes de que se cerrara, él añadió:

—Acostúmbrate a mi presencia. No voy a ser un espectador en el crecimiento de mi heredero.

La palabra heredero ya no sonó solo estratégica.

Sonó personal.

La puerta se cerró con firmeza.

Emily apoyó la espalda contra la madera.

Su piel todavía ardía donde él la había tocado.

Odiaba esa reacción. Odiaba que su cuerpo recordara. Que una parte de ella aún respondiera al magnetismo oscuro que siempre la había atraído.

La guerra no sería solo por el bebé. Sería contra sí misma.

Se llevó ambas manos al vientre.

—No eres su trofeo —susurró.

Pero mientras lo decía, sabía algo inquietante.

Caleb no solo quería un heredero. Quería que ella lo mirara y recordara lo que perdió.

Y en algún rincón oscuro de su mirada, había algo que no encajaba con la pura venganza.

Algo que aún la reclamaba.

Y eso…

Eso era más peligroso que cualquier cerrojo.

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