Mundo ficciónIniciar sesiónEl sueño no llegó.
No fue por falta de agotamiento, sino por exceso de conciencia. Emily permaneció sentada en la cama, con la espalda recta y los sentidos tensos como hilos a punto de romperse. La seda negra bajo sus dedos ya no era fría; ahora parecía pegajosa, como si absorbiera su miedo. Cada crujido de la vieja estructura de la mansión se amplificaba en el silencio. El viento (si es que había viento) no podía oírse. No sabía siquiera si estaba cerca del mar, de un bosque o en medio de una ciudad. No había ventanas. Se levantó con cuidado, ignorando el ligero mareo, y recorrió la habitación por tercera vez. Corrió las pesadas cortinas de terciopelo granate. Solo pared. Sólida. Fría. Sin rendijas. La puerta lateral daba a un baño de mármol negro. El lujo era obsceno: grifería dorada, una bañera profunda, toallas gruesas perfectamente dobladas. Un espejo enorme devolvía su reflejo pálido. Se miró fijamente. Ojos dilatados. Cabello enredado. Una sombra de miedo que apenas lograba contener. Se llevó la mano al vientre. Plano. Silencioso. Doce semanas. Tres meses creciendo sin que ella lo supiera. Volvió al dormitorio. Examinó cada objeto. Ninguno era útil como arma. Nada afilado. Nada pesado. Todo cuidadosamente seleccionado para ser bello… e inofensivo. Era una jaula diseñada por alguien que entendía el control. Un golpe seco en la puerta la hizo girarse con el corazón en la garganta. La puerta se abrió sin esperar respuesta. Entró una mujer de mediana edad. Vestido gris impecable. Cabello recogido en un moño tan tirante que parecía doler. Su postura era recta, casi militar. Llevaba una bandeja. —Soy Silvia —dijo con voz neutra, depositando el desayuno sobre una mesa baja—. Me encargo de la casa. El señor Roosevelt ha ordenado que se alimente adecuadamente. Emily la observó con atención. No había hostilidad abierta en su rostro, pero tampoco humanidad. Era eficiencia pura. —Necesito salir de aquí —dijo Emily, midiendo cada palabra—. Esto es un secuestro. Silvia acomodó la servilleta junto al plato con meticulosidad. —El señor Roosevelt ha dicho que tiene todo lo que necesita. —No necesito comida. Necesito mi libertad. Silvia alzó la vista por primera vez. Sus ojos eran de un gris acerado. —La doctora Vendrell vendrá después del mediodía para el examen. —¡No permitiré que me toquen! Ni un parpadeo. —No es una solicitud. Coma. Su condición requiere nutrientes. "Su condición". Como si fuera una enfermedad. La puerta volvió a cerrarse con el sonido firme del cerrojo. Emily se acercó a la bandeja. Fruta fresca cortada con precisión. Yogur natural. Tostadas aún tibias. Jugo de naranja recién exprimido. Normalidad. La escena parecía salida de un hotel boutique. El contraste le revolvió el estómago. Aun así, tomó una tostada. La sostuvo unos segundos antes de morderla. El sabor le resultó extraño, como si estuviera comiendo en un sueño ajeno. Necesitaba fuerza. Si Caleb creía que podía debilitarla con miedo, estaba equivocado. Horas después, la doctora Vendrell llegó. Era joven. Tal vez treinta años. Llevaba un traje claro y un maletín médico portátil. Su expresión estaba cuidadosamente neutral. Demasiado neutral. —Señorita Hunt —dijo, evitando contacto visual prolongado—. Necesito realizar un análisis de sangre y una ecografía. —¿Está aquí por voluntad propia? —preguntó Emily sin moverse. La doctora titubeó apenas una fracción de segundo. —El señor Roosevelt es un cliente… influyente. No respondió. Eso fue respuesta suficiente. Emily se recostó lentamente. El techo volvió a parecerle demasiado alto. El pinchazo de la aguja fue leve. El gel frío sobre su vientre la hizo tensarse. La sonda se movió con precisión clínica. Silencio. Solo el leve zumbido del equipo portátil. Emily giró el rostro hacia la pantalla. No entendía lo que veía. Sombras. Movimiento. Y entonces... Un sonido. Rápido. Rítmico. Un latido, era el latido de su bebé. Su respiración se cortó. —Gestación de aproximadamente doce semanas —anunció la doctora con profesionalidad—. Los latidos son fuertes y regulares. Latidos. No “material genético”. No “heredero”. Vida. Las lágrimas amenazaron con salir, pero las contuvo. —¿Él sabe? —preguntó en voz baja. —Recibirá el informe completo. Por supuesto que sí. La doctora limpió el gel con movimientos rápidos. Empacó el equipo casi con ansiedad. Quería irse. No mirar demasiado. No involucrarse. Cuando la puerta volvió a cerrarse, el silencio cambió. Ya no era incertidumbre. Era certeza. Emily apoyó ambas manos sobre su vientre. Allí estaba. Independientemente de su origen. Independientemente de la traición, era suyo. Una oleada feroz la atravesó. Instinto. Protección. Una claridad nueva comenzó a formarse bajo el miedo. La cena llegó al atardecer. La luz artificial había sustituido cualquier noción del paso del tiempo. Silvia entró nuevamente. —Quiero verlo —dijo Emily antes de que pudiera hablar—. A Caleb. Silvia levantó una ceja apenas perceptible. —El señor Roosevelt no recibe peticiones. —Entonces dile que me niego a comer. Una sombra de algo parecido a ironía cruzó el rostro de la mujer. —Eso no sería inteligente. —Depende para quién. —Eso no sería inteligente —repitió una voz masculina desde la puerta abierta. El aire cambió. Emily se giró. Caleb estaba apoyado en el marco. Pantalones de vestir oscuros. Camisa negra arremangada hasta los antebrazos. Sin chaqueta. Sin corbata. Demasiado relajado. Demasiado cómodo. —Puedes dejar la bandeja, Silvia. La mujer salió sin añadir palabra. Cuando la puerta se cerró, el silencio entre ellos fue distinto al de antes. Más cargado, más personal. Caleb avanzó un paso dentro de la habitación. —¿De verdad pensaste que una huelga de hambre me presionaría? —No soy tu propiedad —dijo ella. —Nunca dije que lo fueras. —Dijiste que soy un recipiente. Sus labios se curvaron apenas. —Lo eres en este momento. Ella se levantó, ignorando el leve mareo. —Si no como, no crece. —Si no comes, lo alimentaré yo. Por vía intravenosa si es necesario. Su tono no era amenazante. Era práctico. Eso lo hacía peor. —Tu bienestar solo me importa en función del niño —añadió. Emily dio un paso hacia él, aunque sus rodillas temblaban. —No es “el niño”. Es mi hijo. Caleb avanzó también. La distancia entre ellos desapareció. Demasiado cerca. El aroma a jabón caro, a madera y a algo oscuro que siempre había sido únicamente suyo la envolvió. Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Odio esa parte de ti, se dijo. —Error —murmuró él—. Es mi legado. Mi apellido. Mi imperio. Su mirada descendió hacia su vientre, pero esta vez no fue fría. Fue intensa, compleja. Casi… posesiva en un sentido más profundo de lo que ella esperaba. —Un recipiente —continuó con suavidad peligrosa— que luce mejor de lo que recordaba. El comentario la encendió. —Eres repugnante. —Y aun así me miras como si recordaras cada vez que te hice perder el aliento. La sangre le subió al rostro. —Eso fue antes de saber quién eras realmente. —Siempre fui el mismo. Eso era cierto. Ella solo decidió ignorarlo. —Eres un monstruo. Caleb inclinó levemente la cabeza. —Sí. —No había negación.— Y los monstruos no piden permiso. La crudeza de su aceptación la descolocó. Se dio la vuelta como si fuera a marcharse, pero se detuvo en la puerta. —Come. Mañana comenzarás con suplementos específicos. Hierro. Ácido fólico. Proteína adicional. —No puedes controlarlo todo. Él la miró por encima del hombro. —Puedo controlar mucho más de lo que imaginas. Abrió la puerta. —Y Emily… —Su voz bajó. Suave. Peligrosa.— No vuelvas a amenazarme. Las consecuencias no serán solo para ti. La advertencia quedó suspendida en el aire. La puerta se cerró. Emily se dejó caer en la silla. Su corazón latía demasiado rápido. No solo por miedo, sino porque, cuando él estuvo cerca, cuando su voz rozó su piel, cuando su mirada descendió sobre su vientre… Una parte de ella respondió. Una parte traicionera que recordaba sus manos firmes, su boca exigente, el modo en que la hacía sentirse vista y devorada al mismo tiempo. Se llevó una mano al pecho. Eso era peligroso. Más que las puertas cerradas. Más que los guardias invisibles. Si quería sobrevivir allí, no podía permitirse reaccionar a él. No podía permitir que la confundiera. Miró nuevamente su vientre. —No te lo llevarás —susurró. No sabía cómo. No sabía cuándo. Pero una cosa era segura. Caleb Roosevelt había planeado cada detalle de su encierro. Lo que no había planeado era que, dentro de esa jaula perfecta, estaba gestándose algo más que su heredero. Estaba gestándose resistencia. Y la próxima vez que él cruzara esa puerta… Ella estaría preparada.






